“Manifiesto Escombro”, protagonizada por `una mujer asilvestrada`, es una propuesta tan existencial, como humanitaria en tiempos de derrotas

Siete días en la vida de una extranjera, “una mujer asilvestrada” (ella es la única protagonista de este Manifiesto Escombro), como ella misma dice que la definen. Eso es lo que narra, envuelve, zambulle al espectador, en esta irracional paradoja existencial, nihilista y humanitaria a la vez”, que propone la pieza creada y dirigida por Juanjo Santillán.

Asilvestrada viene de silvestre. Ella es la narradora, la intérprete de esta circunstancia en la que ella, tal vez, aturdida, enceguecida, pero alerta a la vez y desconcertada, sólo escucha ruidos. ¿Qué otra cosa se puede escuchar en medio de escombros, que parecen dejar ecos que adquieren mayor o menor vigor dramático, a través de los sonidos disruptivos, continuos que parecen provenir de un violonchelo?

Manifiesto Escombro (hoy, 7.12.2024, a las 21 realizan su última función del año en Sala de Máquinas, Lavalle 1145, Caba. Entradas: $8000.- por www. alternativateatral.com, o en la misma sala) es un desafío a las creencias, a la memoria, que permite observar cómo en un estado abismal, tan inesperado, como una ventana que asoma a la muerte, nuestra historia. Una historia que parece escupirse, no a borbotones, como un vómito, sino de a dosis, discontinuas. En esa deconstrucción de una existencia en medio de una situación límite, la protagonista, va repasando y verbalizando retazos de vida, de circunstancias, que más allá de ella misma, de sus genes, fueron armando, como un rompecabezas, su propia historia.

Hay canto, hay pensamientos tirados en voz alta, hay frases, hay reclamos de metadona, la droga que alivia dolores intensos y se les da a los enfermos terminales. Es qué quién fue víctima de un derrumbe y yace en medio de los escombros, qué otra cosa se le puede recetar. Pero el espectáculo tampoco es para tomárselo tan al pie de la letra de lo que dice la protagonista. Más bien es para dejarse llevar por nuestro propio viaje ancestral, paradójico y de memorias heredadas. Lo que se intenta es “tocar” las fibras más íntimas del espectador, él que las puede ignorar, o tomar y construir su propia aventura ancestral, paradójica, alucinógena. Los sonidos que vibran en el espacio, producto de la música ambiental, de las “melodías” que se desprenden de un contrabajo (exquisita interpretación de Pablo Reche)  van coincidiendo en un todo, en medio de un espacio escénico conformado por círculos que se abren y cierran en el techo, de cambiantes colores. En el piso con papeles y telas que se pliegan, ya sea para armar y desarmar figuras amorfas, o para revestir a la única intérprete de esta travesía, en un ente tan surreal, como de atrapante magnetismo.

¿Para qué lado va este relato distópico? ¿Se encamina a acercarnos a una de superhéroes? No sé sabe, hay un casco con luces en el suelo, que ella, o ese ente que ocupa la escena lo utiliza, luego lo deja.

“El ruido de un cuerpo al caer queda en el aire vibrando mucho después de tocar el suelo. Y más tarde aparecen escombros por todos lados”.

“Llegué me olvidé las llaves”. En ambas frases de esta forastera que no se sabe si va o viene, aparece la incertidumbre, que nos conecta con la vida. Pero a la vez nos hace sentir en la piel el paroxismo, de no disponer de un lugar, nos hacer percibir el no lugar, la no pertenencia. El ser humano siempre pareciera tener la necesidad de una pertenencia, quizás por un conflicto de identificación. ¿Todos necesitamos identificarnos con algo, con alguien? Hay algunes que no, son errantes eternos, a los que solo cobija el cielo y el piso en el que transitan. Esta mujer, este ente ¿sobreviviente? de los escombros, parece tener, sostener en su cuerpo la seguridad de ser. Y en tanto decida y esté convencida de ser ella, su vida será habitable por ella misma y la desarrollará a su antojo. De lo contrario, perecerá y pasará a formar parte de ese polvillo que primero se hace visible a nuestros ojos y cuando se evapora se convierte en la temible nada. Quizás de eso habla este iniciático trabajo teatral, tan elocuente, tan abstracto y tan fascinante que nos muestra el equipo Núcleo Silvestre y el que adquiere a través de la presencia escénica de Sofía Drever, un incandescente atractivo dramático, que parece atraparnos en esa red nihilista de presencia y abstracción. Una abstracción provocada, también, por otros elementos, el violonchelo de Manuel Pérez Vizán; el diseño lumínico de Facundo Estol, que va transformando la atmósfera de climas tan exultantes, como de cierta asfixia dramática, hecho que es acentuado por movimientos y gestos inquietantes creados por Silvia Pritz. En tanto que el espacio audiovisual de Juan Ignacio Sánchez y la dirección y dramaturgia de Juanjo Santillán, “envuelven” al espectador en el extraño y paradigmático sortilegio de una no-historia tan abrasiva, como reconocible, tan abstracta, como referida a ese ser o la nada, que cada día percibimos más y más en nuestro cotidiano devenir.

El equipo que integra el grupo Núcleo Silvestre Teatro, dicen que: “confluyen en torno a las artes escénicas para asentar la identidad de nuestra prácticas. Provenimos de Cuba, Francia, Uruguay, Argentina -explican- y estamos en la provincia de Buenos Aires, territorio que valoramos tanto en el modo de producir, como en el sentido que estimulan y atraviesan las formas que generamos: espectáculos, encuentros y armado de redes de colaboración interdisciplinarias, también en la formación y reflexión sobre la práctica que realizamos. En paralelo, contamos con la editorial Núcleo Silvestre Ediciones, donde publicamos el resultado de estas experiencias”. Su sitio es: www.nucleosilvestre.com  y I.G: @nucleo.silvestre.teatro

 

Calificación: Muy bueno

Juan Carlos Fontana

Ficha técnica:

Manifiesto Escombro. Grupo Núcleo Silvestre Teatro. Dramaturgia y dirección: Juanjo Santillán. Intérprete: Sofía Drever. Sonido en vivo: Pablo Reche. Composición musical violonchelo en vivo: Manuel Pérez Vizán. Iluminación y Espacio escénico: Facundo Estol. Diseño audiovisual: Juan Ignacio Sánchez. Coreografía: Silvia Pritz. Vestuario: Andrea Suárez. Fotografía: Leo Vaca. Asistencia: Adys de la Rosa. Salas: CaZona de Flores y Sala de máquinas.

 

 

 

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