El agua, un natatorio, una tribuna en la que se ubican los espectadores y tres actrices y un actor. Ellos invitan al público a ser partícipes de una historia que, prácticamente, se convierte en un vórtice de emociones que burbujean y pegan, sensibilizan, hace llorar y reír a los que observan.
La situación es inmersiva, el natatorio aglutina, se convierte en lugar de confesiones y referencias. Desnuda y sensibiliza emocionalmente al que observa. La empatía y la identificación con estos personajes es casi absoluta. El que mira encuentra similitudes, es arrebatado por recuerdos que se vienen de golpe a nuestra memoria. Todos tenemos pérdidas. Todos tenemos instantes de afectos. Todos tenemos instantes de querer conquistar a alguien y no saber si vamos a ser correspondidos. Pero allí estamos, jugándonos nuestras emociones, nuestros sentimientos más íntimos, mientras en la panza, como en la pileta, los líquidos burbujean entre las vísceras.

Los hombres decimos que así debe ser más o menos cuando se tiene una hija, o un hijo que va a nacer y va creciendo misteriosamente en el interior de la panza de su mamá. ¡Gran proeza para la mujer! ¿Los hombres seríamos capaces de soportar una gestación? De esto y mucho más trata esta pieza construida de forma tan minuciosa, que en ella se perciben los afectos, no sólo que transmiten los personajes, también lo que cada uno puso de sí -intérpretes, directores, técnicos- para construir esta amalgama creativa que adquirió formas definidas para contar una historia que imaginó la escritora Melina Pogorelsky, en 2017 y hace un tiempo atrás le dio formato teatral.

La obra de teatro tiene el sabor de una biopic ficcional. No sabemos si partió de un hecho real. Pero lo concreto es que hace referencia a un padre, que luego de perder a su mujer en el parto, tuvo que aprender a criar a su hija, con la ayuda de su hermana. El pensó que no iba a poder ni comer, ni cocinarle a Lola, la pequeña, que en el momento de la pieza le están por festejar sus cuatro años de vida.
Pablo, dice que luego de tres años y medio pudo encontrar media hora para dedicarla a él en esa pileta, mientras Lola nada junto a otros pequeños, ahí nomás, cerca de su papá. Brazada, brazada, respiro, se repite una y otra vez Pablo, mientras a lo largo de la pieza, recuerda a su mujer Mariela, en el instante en que ella se despidió de este mundo, para pasar a otra dimensión. Y desde allí, cada tanto parece hablarle, cada tanto parecen encontrarse, recordar instantes. Cómo, por ejemplo, cuando se enteraron que Lola ya habitaba el vientre materno y los hizo reír de felicidad. Los tomó por sorpresa.

Brazada, brazada, respiro, se repite Pablo y su hermana Luciana le dice que tiene más músculos y que una amiga de ella, le preguntó por él. ¿Querés llamarla? Le pregunta. Estás loca, le responde Pablo. Pero en ese mismo natatorio hay otra mujer sola, como Pablo, que lleva a su hijo a nadar, Alejandra, de hablar y observar mucho, que tiene un hijo de nombre Tobi. Así Pablo y Alejandra un día se conocen. Pablo y la pequeña Lola, la acercan a Alejandra y a Tobi, el pequeño hijo de ella, hasta su casa. Esto, quizás, indique que un nuevo renacer asoma para esos dos adultos. A los dos, el agua, pareciera haber agudizado sus percepciones, conduciéndolos a los estados más sutiles de la conciencia, en la que lo impredecible se vuelve presente.
El agua, las zambullidas, el nadar debajo, el sacar la cabeza a la superficie, el cuerpo, los cuerpos mojados, las sonrisas, las miradas, mientras las gotitas de agua corren por la cara de los intérpretes, arrebatan la atención, la concentración de los espectadores.

La puesta en escena incluye dibujos, imágenes proyectadas, videos y una iluminación que coincide en una cavidad creativa de una rigurosidad artística, que asombra por su trazo simple, pero certero, en cada rubro. Todo se amalgama de forma tal que desnuda en cuerpo y alma a los intérpretes y, paradójicamente, abrigan al espectador que observa atónito esta cuasi obra de arte cotidiana, en la que no lo intenten, porque va a ser imposible que se queden afuera.
Juan Gil Navarro, Ariadna Asturzzi, Maricel Santin y Carolina Vilar con sus excelentes interpretaciones iluminan esta historia, le otorgan el volumen necesario, para que se convierta en una caja de sorpresas, de la que parecen salir como destellos de luz, un mar de sentimientos, entre risas y lágrimas, que te salpican y a nadie dejan indiferente. Artífices inteligentemente sensibles de esta pequeña obra de arte teatral, son Fernanda Ribeiz y Luciano Cáceres, los directores a los que sólo queda decirles: Gracias!
Calificación: Excelente
Juan Carlos Fontana
Obra: Subacuática. Autora: Melina Pogorelsky, versión teatral de su novela homónima. Dirección: Fernanda Ribeiz y Luciano Cáceres. Intérpretes: Juan Gil Navarro, Ariadna Asturzzi, Maricel Santin y Carolina Vilar. Edición de videos Florencia Puppo. Música original: Jackson Souvenirs. Diseño de iluminación: Ricardo Sica. Ilustraciones: Rocío Casal. Fotos: J.J.Hanss. Producción ejecutiva: Isidoro Sorkin. Asistente: Sol Seglin. Sala: Centro Cultural y Deportivo Suterh (Venezuela 330). Funciones: Sábados, a las 21. Entradas: https://www.alternativateatral.com/obra92120-subacuatica. Duración: 70 minutos.
