Julio Bravo, un artista que invita a descubrir nuevos sueños a través de su pintura

Desde fines del año pasado, las librerías porteñas, cuentan con un nuevo libro de arte dedicado a un artista, nacido en Quilmes, Julio Bravo, que trascendió nuestras fronteras y expuso sus obras en Europa.

La obra de Julio Bravo es tan completa, como diversa. A nadie deja indiferente, ya sea por su técnica, limpia, precisa, que atrapa al que observa no sólo por sus formas, sino también por lo que sugiere e invita a profundizar más. Las pinturas de Bravo, no pueden observarse, como suele hacerse en los museos, que se las mira y la mayoría de las veces uno casi no se detiene. No, Bravo invita con sus texturas, a querer indagar en un más allá. Despierta un potencial interés en el que ve sus cuadros, o instalaciones. Invita siempre a internarse en sus mundos tan eclécticos, como de un pronunciado equilibrio dinámico en sus texturas, sus formas y una elección de colores, que se apoyan en los primarios, para ingresar en campos de grises, negros o blancos difusos, que incitan a redescubrir siempre algo nuevo, inexplorado.

El libro es otra creación de Marcelo Jaureguiberry. Doctor en filología española por la Universidad de Valencia, arquitecto, escenógrafo y director teatral y profesor en la Universidad del Centro, su labor de compilador de esta obra, como lo ha hecho con otros muy interesantes libros (dedicados al escenógrafo Germán Gelpi, el también escenógrafo y vestuarista Jorge Ferrari o el escenógrafo Carlos Di Pasquo), es minuciosa, detallista, exquisita en la selección de las casi 400 imágenes que dan cuenta de etapas y épocas, muy bien elegidas y separadas por secciones en este libro objeto. En él también coinciden desde un reportaje muy elocuente a Julio Bravo, realizado por Alejandro Seselovsky, hasta opiniones de los más diversos críticos de arte.

 

Testimonios, anécdotas de distintas épocas, relatos, historias, detalles de sus muestras en Uruguay, Italia, España o Bélgica; y hasta una reseña del hermano y alumnos del autor, dan cuenta de la vastedad de esta obra que recorre 40 años, de pinturas, performances y exposiciones de Julio Bravo, un artista tan diverso, como inmerso en la vastedad y las influencias de las variadas escuelas que terminó haciendo propias, para crear obras, que lo definen con una singularidad precisa, difícil de imitar.

Desde sus primeros dibujos y pinturas, el volumen va definiendo etapas y temáticas, entre ellas se ubican las series: Bodegones, Viajes, Paisajes, Anamorfosis serie supernova, Acuarelas y tintas, Paisajes iconoclastas; Estudios sobre la historia de la verdadera cruz, según Piero Della Francesca, Evocaciones y prodigios del Camino de Santiago, Una aproximación al erotismo, hasta la curiosa Serie Art & Ar (Arte y Artritis).

Un detalle año por año, de cada una de sus muestras y exposiciones en la Argentina y el exterior, más sus premios recibidos, cierran este muy interesante volumen sobre la obra de un artista, como Julio Bravo, cuyo equilibrio diáfano y constante, atrapa, inquieta y fascina a la vez, al que las observa.

Cabe añadir que, en la mayoría de sus pinturas, la mirada del que observa se posa como intentando descubrir un algo inasible, que se inserta en el terreno de una constante y misteriosa paradoja, que nunca llega a revelarse. ¿Acaso esa no es la función de la obra de arte? provocar cierta inquietud, «preocupación» -perdón por esta última palabra- por querer indagar en lo que hay detrás de lo observable, de lo que podemos comprender a simple vista.

Inconformista siempre, el ser humano intenta a través de una única mirada, rápida, que aspira a ser intensa, querer descubrir el misterio que esconde el alma del artista. Julio Bravo con sus múltiples universos pictóricos, intenta comunicar lo intangible, lo que se presiente, pero no se ve, a través de formas que se comunican unas con otras y establecen un entrelazado de sensaciones que parecen no tener fin. Pero sí tienen escuelas infinitas. Acaso en la obra no se observa, tal vez, una reminiscencia a Paul Klee, a Degas, a un Spilimbergo, o a un impresionismo a lo Monet.

 

Me pregunto ¿por qué querer comprender siempre?, entender, en lugar de dejar que el misterio de la obra nos invada y nos deje la muy agradable sensación de haber observado algo que, precisamente, no comprendemos muy bien lo que nos quiere transmitir, pero que nos despierta una actitud nueva, mejorada de nosotros mismos. Un sentimiento tal vez no frecuentado. Un despertar de los sentidos de otra época, que creíamos olvidados.

 

Sí, es cierto, en Julio Bravo, hay una constante de aletargados tonos que incentivan a la melancolía ¿pero acaso el presente no está inmerso en la melancolía con la que nos sorprende un recuerdo, una imagen, una actitud que creíamos olvidada? Eso a veces nos lleva a preguntarnos ¿y por qué aparece esta emoción, este despertar ahora? La pintura de Julio Bravo, nos conduce de la mano a descifrar el infinito misterio, indescifrable, agradable siempre, inquietante a veces, del alma humana.

 

Por último, cabe agregar, quizás, que en la obra de Bravo hay un constante fluir del trazo que se sumerge en las incógnitas de tejidos indescifrables, quizás amorfos, que transmiten un misterio temerario, pero atrapante. Como observador de su obra, eso me conforma, porque me permite entrar en mis propios universos oníricos. A la vez, la obra de este artista me invita a penetrar en la oscuridad de las formas, de esas líneas con márgenes esfumados, que no son redondos, no son rectangulares tampoco. Tienen la virtud de esa “no forma”, digámoslo así, que le dio el artista y también nosotros, al observar el magnífico itinerario que nos permite recorrer este libro dedicado a un creador: Julio Bravo.

Juan Carlos Fontana

 

 

 

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