“Carne argentina (preludio para un cyborg de las pampas)”, la extrañeza que provoca un espectáculo con cuatro valiosos intérpretes

“Nuestros cuerpos se cuidan a sí mismos hasta el final de la vida, cuanto menos los intervenimos mejor” esta frase que leímos en una nota del diario La Nación estos días, pareciera encajar bien en lo que propone Patricio Suárez y su equipo de 4 valiosos intérpretes. Claro que Suárez no se conforma sólo con que los cuerpos dancen en el amplio y rectangular escenario del Galpón del Guevara. El director quiere, busca, aspira a algo más.

Periodista, filósofo, bailarín, dramaturgo, el creador tuvo en su formación a grandes maestros, Rhea Volij –especialista en danza Butoh-, Juan Onofri (“Los posibles”), Pablo Rotemberg (“La idea fija”), Silvio Lang (“Diarios del odio”), todos creadores que han hecho que sus trabajos sacudieran la escena local, en lo que refiere a sus propuestas de teatro físico, performático, danza contemporánea. El título de la pieza “Carne argentina (preludio para un cyborg de las pampas)”, sugiere y despega en el que observa múltiples reflexiones. Entre ellas hay algunas a las que nos interesa referirnos luego de ver el espectáculo, el que bien podría estar conformado por cuatro movimientos: cuerpos que buscan afanosamente encontrar una identidad, exposición-espera, temores de un encuentro anunciado y agitación y rebeldía.

Cada uno de estos movimientos tiene en sus cuatro únicos intérpretes un valor agregado. Porque los bailarines-performers elegidos exponen una ductilidad y un entrenamiento corporal que se adapta con debida “obediencia” a la diversidad de situaciones que les propone el coreógrafo. Acá también juega un lugar el público, al que se lo espeja al comienzo y al final mediante proyecciones, se lo hostiga levemente y se busca la complicidad de un discurso, que resuena y alude claramente a estas pampas, como aquella frase del tango Cambalache, cuando dice: “Vivimos revolca’os en un merengue. Y, en el mismo lodo, todos manosea’os”.

Cuando más arriba mencionamos el título de algunos de los espectáculos de los maestros con los que trabajó Patricio Suárez, es porque en esta obra suya, se perciben reminiscencias, apuntes de esas impactantes performances destacadas. Lo de este creador, que se anima a hacer sobrevolar un drone en escena, como una “nave” que acecha sin saber con qué intenciones, es un ensayo de acopios con los que ha nutrido una especie de código mnemotécnico propio. En esa mixtura de elementos, por instantes pareciera perderse, para volver a retomar en otra secuencia de movimientos; o roza la monotonía a propósito, como para despojar al espectador de preconceptos, provocarlo y por instantes lo logra, en otros no.

En este ensayo performático los cuatro intérpretes –de intensa y potencial personalidad escénica-, es como si intentaran danzar el vacío, la vacuidad o ahogaran o expusieran rebeldías en una constante de sístole y diástole de inabarcable sugestión. En la primera parte no hay espectacularidad, casi tampoco provocación en el discurso. Son los cuerpos atonales que se desplazan, a veces tironean, como para cerciorarse que están unidos por lo impredecible. Cárcel y sometimiento, sojuzgamiento y rebeldía ahogada, dominación y dependencia, son las premisas de algunos de los instantes que propone “Carne argentina…”

A veces los bailarines utilizan aditamentos en su vestuario, que pareciera convertirlos en larvas zigzagueantes. Sus cuerpos se muestran despojados de sensualidad de un erotismo ex profeso, con excepción de algún momento, en que un elemento metálico –que alude a los cyborg- impregna esas figuras de una sutil atracción. En Crash, la novela de J.G.Ballard (la película se estrenó en 1996 y la dirigió David Cronenberg), el erotismo de los cuerpos emanaba de los accidentes automovilísticos, de las incrustaciones de metales en los cuerpos.

Takao Kawaguchi en su homenaje a Kazuo Ohno, “About Kazuo Ohno”. Museo Reina Sofía, España.

 

Kazuo Ohno. Foto: Marco Tambara

 

Tatsumi Hijikata y Kazuo Ohno performing “Rose Color Dance” 1965 Hedysliman.

 

En “Carne argentina…”, Patricio Suárez recoge elementos de la danza butoh, que heredó de Rhea Volij y eso se percibe en lo que sugiere a esos cuerpos que parecen desvanecerse, arrastrarse en el espacio, como dejando que el silencio interior les responda qué hacer. O simulan ser sobrevivientes de alguna catástrofe que los despojó de formas conocidas, para explorar y explorarse, reconocerse en el otro, o en lo que la propia quietud les dicte. El Butoh que tuvo en Kazuo Ono (en los ´80 presentó en nuestra ciudad “Homenaje a la Argentina” y “Mar Muerto”) y Tatsumi Hijitaka a sus más sublimes creadores, es una danza que parte de la quietud, sólo el silencio que parece provenir de los muertos, es capaz de encarnar en el alma de los bailarines, los que luego intentan dibujar, traducir a través del gesto en el espacio aquello que les acontece. En esta danza de espectros, por denominarla de algún modo, lo sutil, jugar con la gravedad de los cuerpos, o el simple gesto que puede quedar estático en el aire, son parte de los contenidos del Butoh. Suárez observó estos elementos y los transmitió a sus intérpretes otorgándoles una premisa propia, intentando él mismo darle una identidad a su creación. La que en el final a modo de cierre, y luego, de dar cauce a una rebeldía ahogada, los intérpretes parecen intentar transformarse en sobrevivientes de una especie que se está convirtiendo en algo multiforme, que está en tránsito, en la búsqueda de una forma, de formas, de conceptos, a definir entre todos. ¿Será hora de despertar hacia algo nuevo? No lo sabemos…

Calificación: Bueno

Juan Carlos Fontana

Ficha técnica:

“Carne argentina (preludio para un cyborg de las pampas)”. Dirección, dramaturgia y diseño sonoro: Patricio Suárez. Colaboración artística: Lucas Pisano. Performers: Yair Araujo, Diego ‘Tukki’ Martínez, Ramiro Cortez y Javier Olivera Goycoechea. Vestuario: Rosi Díaz, Aldana Varela, Lucas Pisano y Patricio Suárez. Iluminación: Matías Sendón. Sala: Galpón de Guevara, Guevara 326, Chacarita. Funciones: jueves 25 de noviembre, 2 y 9 de diciembre, a las 21. Entrada: $600.- compra por Alternativa teatral.

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