Una sugestiva observación a la existencia es lo que propone “Vagamundos”, dirigida por Carlos Ianni, en el Celcit

Un hombre va en busca de su hermano a una solitaria isla en algún lugar del Pacífico o no se sabe dónde. Allí, luego de una larga e inhóspita travesía llega a un hábitat, conocido como “refugio”, en el que lo reciben un hombre y una mujer no demasiado sociables a simple vista. El forastero les dice que busca a un hombre al que hace diez años no ve: es su hermano.

Sobre esta idea de la búsqueda de un hermano de lazo sanguíneo, un par o un “otro” que tal vez el forastero necesita ver, escuchar, tocar, abrazar, o encontrar, la española Blanca Doménech (premio Calderón de la Barca) elabora un entramado dramatúrgico en su pieza “Vagamundos”, en la que ahonda, no sin imperfecciones, en lo que ella define como técnicas de surrealismo: “un concepto planteado desde la propia construcción de la historia: un viaje sin ruta prefijada, en el que la escritura se convierte en un dictado del pensamiento con la mínima intervención posible de la razón. Un ejercicio de confianza en la propia historia y en los recursos que manejas como autor, dejando que se activen desde un lado más intuitivo e irracional”. De este modo, agrega: “los elementos más dispares convergen imprevisiblemente y la escritura adquiere múltiples significados”.

Doménech explica lo transcripto más arriba en su página –contextotextual.es- y para agregar un dato más ella misma señala que estudió con los reconocidos Juan Mayorga, José Sanchís Sinisterra, Jorge Galcerán y Ernesto Caballero.

SUTIL SUBTEXTO

Lo cierto es que su pieza parece buscar más una cercanía al cine que al teatro, pero el director Carlos Ianni logró moldear, darle forma a ese texto que por instantes roza el drama, la confrontación áspera entre los personajes, y, por otros, se somete a unas leyes dramáticas a las que el teatro no está demasiado acostumbrado. Es decir va la búsqueda misteriosa de lo fantástico y es en ese sutil subtexto, en el que la autora exige una intervención del imaginario del espectador, para completar lo que ella no dijo, o no quiso decir y el director de la pieza, tampoco quiso explicitar. Esta decisión obliga al espectador a zambullirse en su propio bagaje cultural y decir por ejemplo: que la obra trata de algo misterioso, inexplicable que une a sus personajes. U otros podrán pensar que ese hombre de ciudad que llega a una isla con traje y corbata, va en busca de un hermano desaparecido hace diez años y que quizás el buscado es un individuo que huyó de algo o de alguien. O qué simplemente decidió alejarse de la sociedad de consumo, apelando a las premisas sesentistas del hippismo o el new age, para reencontrarse con su propia esencia como individuo. Todo es válido y de eso se vale la dramaturgia para invitar a repensar, repensarnos y exigirnos ser espectadores activos de una historia que como un friso se muestra ante nuestros ojos.

JUEGO DE ESPEJOS

Tal vez por esto último, que lo fantástico o fantasmagórico asoma a través del simple reflejo en un supuesto espejo, que el individuo al observarse va intentando descifrar quién es, qué lugar ocupa en este mundo, quizás, o cuán sincero es consigo mismo. En fin… los interrogantes que se abren son demasiados y quedan a la elección de quién vea esta pieza que transmite un magnetismo extraño, que por momentos molesta al que observa en su afán de indefiniciones, pero qué, precisamente, obliga a repensarnos un presente indescifrable, misterioso, tanto, tal vez, como la vida misma.

Pero a no desesperar porque algunos de esos interrogantes se darán a conocer a través de un final tan desconcertante, como fascinante a la vez.

Carlos Ianni desde la dirección supo guiar a sus actores por las arenas movedizas de un accionar en el que no se intenta explicar nada, sino ir descubriendo con los mismos personajes las propias inquietudes e interrogantes que los afligen. Acá hay matices, hay voces que se sinceran, se pierden en la vastedad de lo quieren intentar descifrar, pero hay en especial un equipo actoral que responde al unísono a un universo tan existencial, como efímero y cambiante. Porque así tal vez es el ser humano.

 Teresita Galimany Mario Mahler, Juan Olmos, Enrique Cabaud y Magalí Sánchez Alleno, se apropiaron de sus papeles como si cada uno respondiera a una nota musical, lo que permitió que cada uno entrara en sintonía con el otro, en el momento justo, preciso, que la puesta en escena así lo requería.

 Alejandro Mateo desde la escenografía y el vestuario creó una ambientación más bien onírica, sugerente y sugestiva a la vez, que fue muy bien acompañada por la iluminación de Soledad Ianni.

(Domingos a las 19, en el Celcit, Moreno 431, 4.342.1026. www.celcit.org.ar)

 Calificación: Muy buena

Juan Carlos Fontana

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