«Carnada», tres mujeres, un universo asfixiante y una noche de Walpurgis. Otra excelente obra de S.Torres Molina

Susana Torres Molina, dramaturga y escritora multipremiada, repone en su segunda temporada esta pieza, en la que expone un universo asfixiante y tan inquietante como el de sus primeras obras, entre ellas la inolvidable Extraño juguete. Oscura, omnisciente y paradójica a la vez, su obra golpea e inquieta al espectador, a los pocos minutos de comenzada la función. El suyo es un ritual estremecedor, sobre tres personajes mujeres, que han sido víctimas de engaño. El sujeto causante del hecho es ¿un ladrón, un asesino, un violador? No aclares que oscurece, dice el dicho y la respuesta queda latente, se la va desmadejando de a poco. Esto sucede a medida que los personajes van transitando un inquietante clima de pesadilla, inmerso en dudas, ironías, en sutiles amenazas. En hipocresías que dejan la desnudo la mentira como una actitud de defensa, ante lo irreversible de los hechos que se exponen.

Comedia negra, de un realismo cercano al gótico y por instantes tan paradójica, como surrealista. Torres Molina imprime a su historia una espiral evolutiva en la que las acciones de los personajes los hace atravesar las aristas más rispidas de su dolor. De hechos que las han dejado marcadas, con el negro sabor de la tortura premeditada, elaborada a partir del goce y del engaño de un oscuro caballero, que actuó en complicidad -a sabiendas o no de su propia esposa-. La misma que ante la presencia de esas dos jóvenes taciturnas, casi inmersas en la locura, acorralan a esa mujer de unos cincuenta años, que intenta desentenderse de hechos que prefiere borrar de su memoria, aunque sabe muy bien de ese supuesto enceguecimiento que le produjo el miedo de querer mirar siempre para otro lado, con tal de mantener a salvo su existencia.

 

Ambientada en el living de una vieja casa, que bien podría estar en las afueras de la ciudad, transmite, un clima sofocante, opresivo, que “golpea” a los espectadores, mediante un entrelazado de situaciones, que tienen mucho de una danza macabra, sutil y arrasadora a la vez. En la que lo que se dice y se hace esconde un constante subtexto que adquiere el color de una pesadilla a través del rítmico accionar de sus tres excelentes actrices. Aunque hay algo esencial en este entramado de situaciones que hilvana a la manera de una apresadora red Torres Molina, y eso es la sutileza con la va construyendo cada situación. Cada escena adquiere el vigor evolutivo de una espiral en ascenso que gira y gira en un entorno que se vuelve presumiblemente temible, vengativo, perverso, lo que acrecienta la ansiedad en el que observa al preguntarse cómo va a concluir este juego de espejos que ponen en práctica estas mujeres. Porque lo que le sucede a una, por instantes, la autora nos hace entender que le podría ocurrir a las otras. En esa vorágine de un juego de reflejarse, los personajes desnudan una premeditada sed de venganza, de aniquilación, que nunca llega a un límite. Lo mantiene latente, porque en eso radica la perversión, en el sometimiento, la indefensión, que puso en práctica sin escrúpulos, el sujeto al que se juzga y está ausente. Pero a la vez crudamente presente en la memoria corporal de las dos chicas, víctimas propiciatorias de un engaño sin fin, mientras la mujer del criminal, si bien es la cómplice de fechorías que dice ignorar, subyace en ella, la orfandad de haber perdido el objeto que la mantenía viva, que alimentaba su sed de sometimiento, aunque éste no se ejercía de manera directa, sino detrás de las puertas de una casa, en la que con una mano cuidada los utensilios del engaño y con la otra recogía el botín de lo obtenido. Intentando siempre mirar para otro lado, sin importar que las víctimas eran de su mismo género y podían ser sus hijas.

Carnada hereda mecanismos de sojuzgamiento y de un ritual que roza el paroxismo de la muerte, presente en piezas como Las criadas, de Jean Genet.

Torres Molina es una de las pocas autoras que tiene la excelente virtud de imaginar a sus personajes a partir de sus acciones, desplazamientos, de movimientos, de reacciones que van definiendo actitudes, que luego redondean una historia que se vuelve familiar, tangible y provocan cierta conmoción en el que observa. Lo que sucede no sólo por sus niveles de verosimilitud, también por su encanto poético, por más terribles o siniestros que se muestren sus personajes.

El ensamble entre autora, intérpretes y directora hacen de este, un excelente espectáculo, que exige la atención continúa del que observa. Es una pieza capaz de despertar los temores más primarios sensorialmente, porque cada personaje no sólo lo sugiere, atrapa con matices que van en constante evolución para redondear una historia, que se yergue a partir de elementos casi detectivescos, que se suman a un relato que no deja de enriquecerse a lo largo de la hora que dura el espectáculo.

Cintia Miraglia dirigió con férrea firmeza a su trío de actrices. Otorgándoles a cada una las herramientas para definir su personaje de tal modo, que se vuelva único en escena. Su puesta en escena está inmersa en un mar de recursos, que si bien muchos, fueron marcados en el mismo guión por la autora, la directora logró otorgarle a cada uno un valor y un instante de “gloria” para despertar en el espectador desde el asombro, hasta matices de un suspenso cargado de una extrañeza por demás sugestiva. Esto permite observar que todo el relato, puede convertirse, según como se lo observe en una pesadilla que nunca ocurrió. Sin embargo, el ritual de las víctimas se vuelve inolvidable, lacerante, tanto como la exquisitamente trabajada y premeditada indiferencia que pone en tela de juicio el personaje que interpreta Ingrid Pelicori, quién juega el papel de una mujer víctima de circunstancias que nunca pareció prever, ni darse cuenta que su marido era capaz de provocar.

Ingrid Pelicori le aporta una sugestiva y potente presencia escénica a su Frida. Ella se posiciona en el espacio escénico y juega el doble papel de ser la autoridad de la casa y a la vez la aparente víctima indefensa del sujeto puesto en cuestión. Anahí Gadda y Carolina Guevara, conforman un ensamble de temible presencia escénica. Resultan etéreas e irracionales, a la vez que parecen deslizarse por una constante doble personalidad. Pero en definitiva son las sobrevivientes de un hecho delictivo premeditado. Pelicori, Gadda y Guevara, de excelentes interpretaciones, resultan como las notas de un pentagrama, que se completa con un muy valioso trabajo en equipo, que incluye a Víctor Salvatore (escenografía), Matías Noval (iluminación), Marina Svartzman (coreografía), Martina Perosa (fotografía) y la directora Cintia Miraglia, que también se encargó del vestuario y parece poseer en su imaginario creativo ciertas reminiscencias del universo siempre admirable de un cineasta como Tim Burton.

 

Calificación: Excelente

Juan Carlos Fontana

 

Ficha técnica:

“Carnada”, de Susana Torres Molina. Dirección: Cintia Miraglia. Intérpretes: Ingrid Pelicori, Anahí Gadda y Carolina Guevara. Escenografía: Victor Salvatore. Iluminación: Matías Noval. Fotografía: Martina Perosa. Vestuario: Cintia Miraglia. Coreografía: Marina Svartzman. Sala: El portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034. Funciones: domingos, a las 20. Duración: 60 minutos.

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