“UN MAR DE LUTO”, -valioso trabajo de equipo- de Alfredo Martín. Los mandatos de género en la escena lorquiana.

Versión de La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca a partir de la lectura de textos de Judith Butler.

Hay caracteres diversos, hay identidades que se van definiendo más claramente a medida que avanza la tragedia, hay interpretaciones que rozan la pulcritud más extrema, más depurada en su diseño de personajes. Ellos,Ellas, Elles, son los personajes de La casa de Bernarda Alba, que emergen como extraídos de la historia, que parece lejana y sin embargo se percibe cercana. En aquellos años fue el franquismo el que inspiró esta tragedia, pero la historia ha demostrado que sus hechos y consecuencias se siguen repitiendo a lo largo del mundo.

En esta versión del clásico de Lorca de Alfredo Martín, que también la dirige, surgen los interrogantes de ¿por qué él/las/lxs necesitan someter al otro para demostrar su carácter, su poder, su mezquindad y saciar su egoísmo, su narcisismo?

Un mar de luto, versión Alfredo Martín, sobre “La casa de Bernarda Alba”,  de Lorca, es una especie de sinfonía imprecisa, minimalista, dolorosa, que se inscribe en un momento histórico de la humanidad. Es pasado y es presente y lamentablemente también será futuro. Porque la pieza de Lorca es ante todo política, destila impunidad, soberbia, dolor, sufrimiento, resignación. Flagela aún hoy con el gozo que implica para quien tienen el poder arrinconar a les otrxs en una constante e irracional imposibilidad de no poder ser. Sólo el grito, las voces de quienes se animan a expresarlo, puede hacerse oír y por cierto a veces son muchxs y otras pocos. A veces se puede, a veces no hay ánimo, hay debilidad, hay una resignación que obnubila, anula, paraliza.

Este Un mar de luto/La casa de Bernarda Alba subraya su contenido mítico, arquetípico. La obra fue escrita por Lorca durante el franquismo que lo persiguió y luego fue asesinado y de ello habla simbólicamente, paradigmáticamente, esta valiosa propuesta escénica. No intentemos convencernos de que sólo se trata del martirio de un grupo de mujeres. No es únicamente eso lo que expresa el gran Federico. Habla de un país en un momento histórico, que puede ser ayer, hoy, o no se sabe. Por eso su puesta en escena es por demás elocuente, modélica. Porque si bien la interpretan hombres, hoy en un mundo atravesado por la diversidad, podría considerarse tan sólo una casualidad. Desde esta lectura su puesta en escena se convierte en una tesis sobre la identidad, y bajo esta premisa, la identidad puede pertenecer a un hombre o a una mujer. Si vemos un hombre en escena, de pronto sus sentimientos al llorar por otros hombres, quizás, también nos haga visualizar a una mujer. ¿Los sentimientos son patrimonio de un sexo definido? No. Quizás para un status quo determinado, sí. Pero eso es tan sólo una circunstancia.

Alfredo Martín se `convirtió` prevemos en una “Bernarda Alba”, lo decimos paradójicamente, para dirigir con tal precisión, rigurosidad y escasez de recursos materiales a sus actores. Les exigió, los guió, los hizo, seguramente, redescubrir espacios emocionales imprevistos, tal vez, no demasiado explorados, que a veces se vuelven confusos, difusos. Pero lo que lograron es un hecho creativo que renace y muere en cada función, para volver a brotar con otro vigor narrativo, imprevisible en la siguiente. Porque el teatro se impone como un hecho vivo, de comunicación directa, que te `roza`, `te toca`, así tiene que ser. Acá pareciera que este equipo (Marcelo Bucossi, Luis Cardozo, Osqui Ferrero, Daniel Goglino, Ariel Haal, Juani Pascua, Gustavo Reverdito, Marcelo Rodríguez, Francisco Tortorelli, Miguel Angel Villar, Juan Zenko y Julia Mizes en música) se asomó al espacio de la creación con muy valiosos recursos interpretativos. Tal vez, se pueda pensar que no es así, porque no hay escenografía (tan sólo unos planos blancos semicirculares, de círculos que no cierran, como las heridas que cada personaje atesora en su interior).

En esta puesta del clásico tan trillado de Lorca, hay despojo, hay sonido de cajones, hay algo de canto, hay melancolía, hay alegría ante el presentimiento de un amor siempre fresco, reluciente, que hace sentirse vivxs. Este equipo de intérpretes expresa la laxitud del dolor. Las lágrimas que derraman sus ojos son porque intentan tener respuestas a ese encarcelamiento de las almas que obliga el afuera, el pertenecer, el sentirse presxs de quien maneja La Casa, un país, un partido. Ellas, ellos, todxs queremos ser. Todxs quieren hacerse oír. La pregunta es si el mundo está para escuchar, para querer escuchar, para querer transformar. En la época de Lorca, la historia ya lo demostró, pero él logro hacer escuchar su grito, quizás uno de los últimos. Poco después fue asesinado sólo por ser, ser fiel a sí mismo, a sus sentimientos, a su grito interior, a su sonrisa, a su felicidad.

Esta versión de La casa de Bernarda Alba es casi “irracional” esos hombres en escena palpitan la constante búsqueda de una gama de sentimientos y pesares que se redescubren en cada función. Son hombres, mujeres, son ellxs, IDENTIDADES en escena. Tienen una identidad que nos expresa a todXs, nos define y nos hace sentir que pertenecemos a un mundo de amor y dolor, de esperanza, de futuro, aunque a veces pensemos que tan sólo es una ilusión.

Calificación: Muy buena

Juan Carlos Fontana

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