El gobierno del General Perón había asumido en junio, de 1946. Tres años después, el escritor, dramaturgo, director y titiritero Carlos Gorostiza (1920-2016) estrena su primera pieza teatral: “El Puente”. La obra se convirtió en un hito del teatro argentino. Representaba el nuevo realismo local, que se nutría de una incipiente clase obrera, o de pequeños comerciantes, provenientes de las corrientes inmigratorias y las clases sociales acomodadas, más ligadas a los viejos preceptos del latifundismo, dueños de campos.

Gorostiza estrenó su pieza en el `49, en una de las salas más emblemáticas del naciente movimiento por esos años, teatro independiente, La Máscara, del que formaría parte Alejandra Boero (fundadora del teatro y la escuela de formación teatral Andamio ’90) y fue una de las actrices de esta obra. El texto, que incitó al debate en esa época, ilustra con sensibles trazos los caracteres de unos personajes que se mezclaban entre representantes de las corrientes inmigratorias y los hombres y mujeres del interior, que arribaban a la ciudad, en busca de más progresistas horizontes. Con cambios que proliferaban en la mano de la Obra Pública puesta en marcha y la apertura de fábricas, que conformarían más tarde, la llamada clase obrera.

Precisamente en el `49, el éxito de “El Puente” no se hizo esperar, a partir del estreno en La Máscara. Porque en ella Gorostiza ilustra con gran lucidez una historia de fuerte impacto social. Con notable sensibilidad y claridad para aquellos años (hoy quizás la pieza exhibe matices tal vez algo más ingenuos, aunque la tragedia que muestra sigue tan vigente hoy, como entonces), a modo de fábula, tal vez, sintetiza con trazos muy claros, lo que ocurría y aún continúa sucediendo en la Argentina, respecto de la diferencia de clases.

El núcleo central del conflicto de “El Puente”, se define, precisamente, a partir de la construcción de una obra pública, que trae el progreso a la gran ciudad, pero deja a su paso, la pérdida de dos víctimas fatales: la de un hijo de obrero, de clase media baja y la de un ingeniero a cargo de la obra. Ese arriba y ese abajo, esa desgracia que define a dos familias antagónicas socialmente y económicamente, da paso a un friso épico-realista, que en la lúcida y valiosa puesta en escena ideada por Pablo Gorlero, se observa con absoluta claridad.

Pablo Gorlero se mueve con una notable espontaneidad y frescura de contenidos, para ilustrar la tragedia central que define el relato. Su versión, incluye no sólo el empleo de celulares, como un dato de comunicación más rápido respecto de la época, pero que se vuelve un objeto casi inútil, a la hora de tener que definir la gravedad de un conflicto social de esta envergadura. A la vez que desliza cuestiones de género, que le aportan un muy certero desarrollo, al mostrar la variedad de intereses, ilusiones y problemáticas que hoy, como ayer definen a los jóvenes. Los que a su vez se convierten en el motor solidario de la historia. Mientras que en los adultos sucede al revés. Las clases pudientes, inmersas en ese núcleo de fatalidad colectivo, y unilateral a la vez, desnudan una amplia gama de actitudes tan mezquinas, como despreciables, hacia aquellos hijos de pequeños comerciantes, o de chicos de clase media baja, que le aportan un colorido costumbrismo a ese muy convincente núcleo social. Ellos son los que conforman llamémosle así: la barra de la esquina, cuya mayoría son hijos de obreros, o albañiles.

El director le aportó solidez y una muy luminosa contextura dramática al núcleo de la pieza, representado por la madre de Andresito, una viuda, con una hija y el hijo que trabaja en el puente y hace un día que no sabe nada de él. Por eso recurre a los pibes de la esquina, se atreve a tocar el timbre y consultar a la mujer del ingeniero. La que junto con su padre -el que gastó su fortuna en el juego y lo sigue practicando y es víctima de sus muchos errores- y una amiga, una típica oportunista que se dedica a nuevas inversiones, forman parte de ese núcleo que decide sobre los demás, a la vez que también son víctimas de sus propias circunstancias.
Original e impactante es el juego escénico que pone en práctica el director, al utilizar dos espacios, un arriba y un abajo intercambiables. Si las escenas están a cargo de los pibes de la barra de la esquina, según lo indica el autor, estos ocupan el espacio más cercano al público, el de abajo. Mientras que la familia del ingeniero, su suegro, sus hijos y la amiga de su hija, ocupan el espacio de arriba y al revés. De tal modo, que el público puede observar, en parte lo que les sucede a ambos núcleos sociales, a lo largo de toda la pieza. En el medio de estos dos núcleos se mueve, el personaje de la madre (papel a cargo de Mariel Rueda, una actriz que le otorga tan sensibles y conmovedores matices a su personaje, que parece se hubiera escapado de alguna película del neorrealismo italiano), la viuda, papel simbólico que parece no tener cabida en ninguno de los dos núcleos. Este personaje es clave para el autor y es utilizado para demostrar el más doloroso significado que adquiere ser un desterrado. Un personaje que es rechazado socialmente, no tiene cabida en ninguno de esos dos núcleos, porque de algún modo, se ha convertido en un paria de ese capitalismo salvaje que conforman determinados sistemas de gobierno.

Integrante del inolvidable movimiento de Teatro Abierto, Carlos Gorostiza fue Secretario de Cultura, durante el gobierno del doctor Alfonsín. “El Puente” y “El pan de la locura”, quizás son sus dos piezas más señeras en ilustrar, que, cuando un sistema económico navega en la precariedad de la improvisación, aquellos que ponen el cuerpo diariamente para que la maquinaria funcione, se escinden. Sus vidas comienzan a estar en peligro. El vacío no sólo es económico, es existencial, carcome y precariza el pensamiento. Y la vacuidad se apodera de una cotidianidad, que comienza a perder ese intangible horizonte de esperanza en el que se apoya la familia, el que produce, el que estudia. Quién crece es el especulador, porque su condición es pensar cómo quitar para reinar. Claro que la aspiración de reinar, también encierra la condición de un profundo y anárquico vacío existencial. De este modo, el final del camino se convierte en un hecho sacrificial, que roza el espanto.

Muy seguro en su oficio de director y con una marcada fidelidad a su propio estilo creativo, Pablo Gorlero se movió con una comodidad admirable en el diseño de su puesta en escena. A la que dotó de matices que permiten conducir al público por la idiosincrasia de un núcleo social tan identificable, como de conmovedor impacto en el público. Atisbos de drama, de sainete, de costumbrismo épico y hasta de humor conforman este mosaico creativo, cuyos intérpretes, se desempeñan con una calidad artística y estética tan valiosas, como conmovedoras.
Calificación: Muy buena
Juan Carlos Fontana
Ficha técnica: “El Puente”. Autor: Carlos Gorostiza, versión Pablo Gorlero. Dirección y puesta en escena: Pablo Gorlero. Intérpretes: Florencia Cubelo, Juan Trzenko, Mariel Rueda, Agustina D`Angelo, Elián Harpern, Nicolás Cúcaro, Micaela Neve, Ivna Averta, Mauricio Méndez, Joaquín Ceballos, Pablo Pallaman Pieretti, Lautaro Pérez Hilal, Diego Semino Rodolfo, Juan Cruz Cortés, Facundo Leyrado. Coreografía y diseño de movimiento: Marina Svartman, ilumina, música y diseño sonoro, Agustín Bandi. Vestuario y escenografía: Vanesa Abramovich. Fotografía: Fiorella Romay. Sala: Andamio ‘90 (Paraná 660). Funciones: sábados, a las 21.30. Duración: 80 minutos.
