“El corazón del mundo” de Santiago Loza, una fórmula alquímica que invita a vivir la ilusión de ser otrxs.

Título paradójico el de esta obra: “El corazón del mundo” a qué refiere ¿al lugar en que está ubicado, el hombre, la mujer? Para Peter Frankopan `el corazón del mundo´ se ubica en Eurasia, así lo explica en su libro que lleva el mismo título que la
pieza del  argentino Santiago Loza.

Pero `el corazón del mundo` también podría referirse a eso que quisiéramos muchos, demasiados, que es querer considerarnos el centro del mundo. ¿O acaso a los humanos de estos tiempos no nos ciega la vanidad, la necesidad de querer sentirnos únicos?. Lo cierto es que esta singular y atrapante pieza, apunta mucho más cerca con su título. Es a la figura de un hombre que un día, una noche cualquiera, va por una calle solitaria y recibe un golpe y a partir de ahí su mente, su existencia, su vida, su oscuridad, su inconsciente, pareciera expandirse, esparcirse como innumerables esquirlas arrojadas al universo.

EL AUTOR LO EXPLICA ASI

El autor dice en el programa de mano que “hay un fenómeno que sucede muy cada tanto. Es la desintegración de un cuerpo antes del choque final. Un cuerpo que cae y por temor, adelanta su estallido. Es el temor a caer. El miedo a perderse que
precipita un final”. Y eso ¿qué le provoca al hombre? Que se abra a rever su vida como si fuera la de muchos otros, innumerables, millones. Porque lo que cuenta Loza a través de sus personajes que responden a los nombres de A, B y C, ya escapa a una cuestión de género, habla del ser, no importa el sexo. Refiere a ese universo reconocido y desconocido a la vez, que es como nos relacionamos con la pareja, los hijos, la familia, los nietos, los otros –conocidos y desconocidos- y lo que ellos y los lugares nos provocan. Puede ser Buenos Aires, China, París, un paraje solitario en el interior profundo de algún país impronunciable.

UN ILUSIONISTA

Loza es un ilusionista, sugiere, desliza, intenta fascinar a través de palabras simples, de conceptos que despiertan a un campo de sugestión tan vasto, como el libre albedrío. Estos elementos y otros que hacen a ese pronunciado oficio u oficios
que conoce muy bien un artista como Lautaro Delgado, que no hace mucho le sumo a su nombre un segundo apellido Tymruk, los vierte en la escena, como si intentara mediante una fórmula alquímica invitarnos a vivir la ilusión del teatro, del cine, de la magia. La que nos provee a nosotres, todes, de algo en que aferrarnos para escapar a la insustancial a veces, no siempre, cotidianidad con la que intentamos sobrevivir.

TRES HOMBRECITOS

Delgado decidió poner tres actores varones en escena, pero el sexo no importa demasiado. Ellos están ahí en un espacio vacío. En el centro se ubica un gran rectángulo y ellos por momentos se van a ubicar frente a esa figura geométrica, como
intentando que se los encuadre en alguna acción determinada. A veces a ellos, o a uno se le superpone una imagen proyectada, puede ser un niño, una mujer, una pareja de chinos, un cementerio, el famoso que está en París, un nombre de un
escritor –Oscar Wilde- o una calle, un vagabundo, un sujeto cualquiera. En este último por momentos el texto y los actores se detienen para decir que ese sujeto necesita un abrazo, un beso, alguien que lo acaricie. La lista puede continuar, pero en todo caso para conocerla completa sería bueno ir a ver el espectáculo.

EL DIRECTOR-ACTOR LO HIZO ASI

Estos `hombrecitos` imaginados por Santiago Loza –que al igual que a Lautaro Delgado Tymruk se los puede googlear para darse cuenta de la vastedad de creaciones de las que han participado-, el director, actor, le puso movimiento, le aportó voces y los hizo expandirse, los convirtió en una multitud, los hizo silencio y los hizo estar acá y allá, como por momentos lo explica el texto. Y eso hace que nosotres espectadorxs quedemos como subyugados, fascinados con lo poco, o mucho que se
ve, que se escucha, e insaciables como seres humanos débiles, insaciables que somos, queremos más. Pero el tiempo es tirano y en 60 minutos se tiene la sensación de haber asistido a un espectáculo original, que nos hizo vivir un estado de ilusión, nos acercó o hizo que recordáramos sentimientos olvidados, necesidades que habíamos perdido, fantasías que no albergábamos en el inconsciente. Todo eso puede despertar este espectáculo que es nada más y nada menos que invitarnos a vivir, a observar fragmentos, retazos, de la vida de uno, de una, de muchos, de todos o de ninguno. Aplausos para Santiago Loza, Lautaro Delgado Tymruk, William Prociuk y Ezequiel Rodríguez por permitir asomarnos, como simples voyeuristas amateurs, a su creación efímera e intensa a la vez, que por instantes nos recordó esa agradable sensación de ver hoy, una película muda, artesanal, que nos deja alguna enseñanza, no importa cual, la que a uno más le guste. Vayan a ver “El corazón del mundo” (ganadora del premio Más teatro, otorgado por la Fundación Sagai).

El sistema artesanal, digámoslo así, de proyecciones resultan un hallazgo. Si a usted le interesa lea esto también que explica el director: “Investigué diferentes tipos de ilusiones ópticas. Llegué a un efecto anterior al holograma, el efecto ‘Pepper Ghost’ Un antiguo truco de magia que se utilizaba en los teatros antes del 1900 para hacer apariciones de gente a través de un sistema de reflejos. Lo más parecido a trabajar con fantasmas. El nuestro es entonces un teatro fantasmal. Teatro fantasmático. De presencias. Será lo más parecido a crear una tercera dimensión. La que se crea entre la relación entre la primera (la real) y la segunda (la virtual). En esa relación se creará la otra, una terceridad. Y así, gracias al enorme trabajo de un equipo talentosísimo y metódico, mis tres pasiones, el teatro, el cine y la magia, confluirán en escena.“

Calificación: Muy buena

Juan Carlos Fontana

 

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