“Atlántico”  un admirable cuento a orillas del mar, creado por un valioso equipo de artistas, en el teatro Anfitrión

En su pieza “Atlántico” Alfredo Staffolani sabe atesorar la melancolía con el grato recuerdo de algo que se vivió y ya fue, o que vuelve a aparecer como una vivencia nueva. Quizás no podría haber un nombre más justo para esta pieza que “Atlántico”, que sugiere el océano, ese mar de oleajes suaves e intensos, como lo que vive este trío de personajes que de pronto se atreven y se arrepienten, o experimentan el arrebato del amor, de la piel del otro, de observarse, mirarse y no creer que eso sea posible. Por eso en el caso de Inés, la protagonista, tiene la virtud de predecir ciertos sucesos del futuro y lo anuncia de una manera tragicómica, aunque todo su cuerpo vibra por querer detener esos instantes que ya fueron y la llenaron tal vez de gozo, aunque en el presente se le transformaron en un vago recuerdo.

Inés sufrió pérdidas en ese bar familiar de la vieja Necochea y hasta allí llegó un hombre, un ser que se deja llevar por la necesidad de lo que tiene que hacer para subsistir y eso mismo hace que no parezca tener prisa, ni de irse, ni de quedarse, cuando conoce a Inés. Ambos dejan que el momento suceda, pero ella, acostumbrada a las pérdidas, se niega a creer en las virtudes del destino, las corre de lugar. En cambio él sigue ahí imperecedero para ser observado, rechazado o aceptado.

Acá hay un tercer personaje, una joven que vive con ese hombre y lo quisiera violentar con sus demandas, pero él, un ser que parece dejarse llevar por el oleaje de la vida, vaya una paradoja, al referirnos precisamente al Atlántico, parece inmune a las formalidades. Ella hace todo para estar cerca de él, impregnarlo, seducirlo y al no lograrlo se violenta, por lo que con el pretexto de arreglar algo en la casa que habitan temporariamente, empuña un taladro, objeto que hará temblar a Inés, “la intrusa”, cuando embebida de ese amor negado, teme, le da miedo lo que podría suceder y no sucede.

La pieza de Alfredo Staffolani dimensiona los detalles hasta otorgarles los matices de un amor sutil, espumoso, como la blancura de las olas, tal vez, que llegan hasta la playa para diluirse. El autor se desliza con comodidad por estas tres vidas, aportándoles matices, goces efímeros, instancias de reencuentro y lo hace seguro de conocer a los protagonistas, de haber convivido con ellos, bueno… precisamente en eso radica la grandeza de un autor inspirado.

La dirección de Luciano Suardi tiene la virtud de hacer sentir al espectador, que estos tres personajes, habitaron siempre en ese espacio escénico en el que se erige ese dispositivo minimalista que resume, sintetiza tanto una casa en la playa, como un auto, o un vidrio espejado en el puede verse el mar. Los personajes recuerdan a Edward Hopper, con sus existencias que parecen esconder sentimientos púdicamente, mientras la escenografía los apuntala, los arrincona hasta hacer sonreír al espectador agradecido de haber compartido esos pocos instantes con ellos. Hay algo de fascinación, de enrarecido hechizo en estas criaturas, en las maneras, en los gestos, en las miradas. Nada es arbitrario, ni tampoco fuera de lugar, todo encaja, como esos poemas que al terminar de leerlos, uno sonríe y siente que agradece al autor y sus personajes por haberle transmitido un instante de emociones compartidas.

Como si cada una/o representara una nota musical, María Inés Sancerni, William Prociuk y Eugenia Mercante, coinciden en una melodía que hace bien a los oídos y también a los sentimientos que despiertan con sus valiosas interpretaciones.

Calificación: Muy buena

Juan Carlos Fontana

FICHA TÉCNICA:

“Atlántico”. Autor: Alfredo Staffolani. Dirección:
Luciano Suardi. Intérpretes: Eugenia Mercante, María Inés Sancerni y William
Prociuk. Escenografía: Rodrigo González Garillo. Luces: Ricardo Sica. Sala:
Anfitrión, Venezuela 3340. Funciones: viernes, a las 21. Duración: 50 minutos.

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