“Al bárbaro le doy paz”, un valioso musical creado por Pablo Gorlero, con canciones de María Elena Walsh, al cumplirse 10 años de su muerte.

Al loco le doy razón. Al bárbaro le doy paz. Mi canto y mi corazón. Son, son, son para los demás”, estas frases, de uno de los estribillos de la canción Para los demás, de la que se extrajo el título, sintetiza estupendamente el contenido del exquisito musical dirigido y creado por Pablo Gorlero, en homenaje a María Elena Walsh, al cumplirse diez años de su fallecimiento. Para los que nos hemos criado con las canciones de la Walsh, el show es un admirable revivals de emociones reencontradas. Porque las más de una docena de canciones que lo conforman, han sido tan bien seleccionadas por Pablo Gorlero, que le recuerdan al espectador que ha crecido y se ha hecho adulto, acompañado siempre por las letras de la gran María Elena.

Desde las canciones infantiles, las que dieron vida, incluso, a musicales como Doña Disparate y Bambuco, hasta Manuelita, la tortuga, pasando por la canción sutilmente política e irónica, dedicada a quienes eligen por nosotros, como Canción de cuna para un gobernante, de la que vale recordar algunas de sus frases…”duerme tranquilamente que viene un sable a vigilar tu sueño de gobernante. América te acuna como una madre con un brazo de rabia y otro de sangre”, el espectáculo también trae a la memoria aquel homenaje al uruguayo Mario Benedetti que le hicieron Nacha Guevara y Alberto Favero, en el que en una de sus letras decía: “de qué se ríe señor ministro, de qué se ríe. Señor ministro del imposible, ví en plena risa y en plena euforia y en pleno gozo su rostro simple. Seré curiosa, señor ministro ¿de qué se ríe? ¿de qué se ríe?”. Un interrogante tan aplicable hoy como siempre para los rioplatenses. Lo cierto es que María Elena supo encantar nuestra niñez con la inolvidable “La pájara pinta, sentada en un verde limón, con el pico recoge la rama y con la rama cortaba la flor…”, que también se incluye en esta performance musical teatral, en la que no está ausente el costado romántico de la gran trovadora argentina, ni su vertiente feminista, o incluso su declarada admiración a Evita Perón. Porque como dice Pablo Gorlero, “María Elena Walsh fue una renovadora de la literatura infantil y su cancionero perdurará para siempre. Fue una figura de las letras que siempre supo qué decir y cómo”. Y claro que lo supo. Pero sigamos leyendo lo que dice el director, cuando agrega que “con su estilo propio, fue una artesana de la ironía, una letrista exquisita, tan filosa, como erudita, tan confesional e intimista, pero también crítica de la realidad. Su lealtad a sí misma y a sus ideas, su feminismo, así como su lucha por las causas honestas fueron su cruzada que enfrentó al orden reinante, al que siempre invitaba a cuestionarse. Con juegos de palabras, introduciendo el disparate, sabía cantar la realidad argentina con una espontaneidad inusitada. También fue juglar de los adultos hasta que, en 1978, harta, anunció su intención de retirarse de la escena: ya no iba a cantar ni actuar más. Los dos últimos años había vivido claras presiones de la censura para eliminar de su repertorio determinadas canciones consideradas como inoportunas por el Gobierno militar y algunas de ellas entraron a engrosar las listas negras”. “Nunca me sentí omnipotente. Sí sabía que al menos yo hacía cosquillas molestas al poder”, opinaba la autora de Sábana y mantel, canción con la que se cierra este show, tan nostálgico y encantador, como valioso en su contenido y realización. Por esto y mucho más vale acercarse a El Picadero a disfrutar a pleno de los seis jóvenes trovadores y músicos, que le ponen garra y encanto, divierten y se deslizan como en patineta por las canciones de la Walsh. Y lo hacen con una comodidad y armonía que despiertan risas, cierta tristeza, o te emocionan y te despiertan imágenes de un pasado-presente que no pierde vigencia.

En Al bárbaro le doy paz, es como si el público pudiera disfrutar de María Elena sentada al lado, con su clásica sonrisa y disfrutando de un show que tiene mucho de travesura infantil, de reminiscencias de un antaño que quizás no vuelva, pero nos dejó el sabor de una cultura del encuentro, de escuchar al otro, de hasta tal vez querer darle un abrazo, para compartir un libro, un beso, una reflexión sobre una actualidad tantas veces tergiversada y vapuleada, pero que en definitiva nos identifica como argentinos.

Como en un tobogán que sube y baja e invita a volar con sus letras y sus ritmos, sus cuatro actores cantantes van definiendo un sabor típicamente nuestro que atraviesa las épocas y nos hace reflexionar a través de un elemento básico de la comunicación, que se ha ido degastando un poco, pero siempre es bueno volver a ella, que es la palabra. Así Déborah Turza es La que protesta; Flavia Pereda, La enamorada, Mariano Magnífico personifica a El hombre niño y Julián Pucheta es Magoya, al que hay que recordarle, como se lo explican sus compañeros, que las épocas están siempre impregnadas de fake-news, por eso mejor ir a la fuentes, a los hechos, lo que equivale decir: al ser humano, verlo, escucharlo y no dejarnos llevar por los intereses que apelan a una masividad siempre cuestionada. Lo cierto es que Turza, Pereda, Magnífico y Pucheta ennoblecen su arte interpretativo en cada canción, a la vez que se atreven a jugar con ingenuidad, asumiendo un compromiso estético en el que pueden observarse tanto matices que hacen al niño, como al adulto, de esos personajes que les tocó en suerte. Vale agregar que el ensamble se enaltece con el acompañamiento musical en vivo de Juan Ignacio López (piano) y Tito Vanini (percusión).

Pablo Gorlero al que no amedrentó la pandemia, pues no dejó de producir, durante el encierro vía streaming y luego en vivo shows musicales como Identidad testimonial, El musical de la igualdad o De eso no se canta, tiene la cualidad de que es fiel a uno de los géneros teatrales más completos y complejos: el musical, en el que coinciden la actuación, la danza, el canto y la palabra. Incansable en su entrega a la creación teatral, no hay que olvidar que a él y a Ricky Paskhus se le debe el haber imaginado un premio para el género, como los Hugo, que cada año enaltece lo mejor de los musicales y les ha dado un espaldarazo cada vez mayor a esta vertiente del teatro que cada día cosecha más fans, a tal punto que cada vez coincidimos más con Broadway en los títulos que se pueden disfrutar en las carteleras de nuestra ciudad.

Pablo Gorlero es un creador que sabe y elige lo que le gusta para llevar a escena y sus elecciones son bastante objetivas, porque coinciden, en su mayoría, con lo que el público requiere. Además de abrevar en una memoria colectiva que los argentinos llevan en su ADN, como ocurre con esta cabalgata de melodías de la gran María Elena Walsh. De igual modo sucedió en el último Festival Internacional de Buenos Aires, cuando estrenó otro show tan excelente como éste, en homenaje a otro grande que nos dejó: Hugo Midón, al que tituló Mi don Imaginario (que esperamos lo reestrene pronto), o cuando abrevó en un infantil que cosechó innumerables aplausos y premios, como Saltimbaquis. El es un director que sabe trabajar en equipo. En sus obras subraya individuales, pero siempre en pos de los logros que acompañen el lucimiento colectivo.

Gorlero es un director que se destaca en el arte de observar y saber equilibrar los detalles, para conformar con ellos una partitura escénica, que enlace equilibradamente el movimiento, el ritmo, la palabra, los cambios escenográficos y sabe construir su propia coreografía de puesta en escena. La sutileza y el crescendo dramático son otros de los puntos a destacar de su decálogo creativo, de este modo, como dicen los que saben, la costura hecha por las manos de este creador no se nota. Y ese es un patrimonio de pocos. Porque sabe extraer y potenciar las cualidades intrínsecas de cada intérprete. El resultado es la comodidad y la espontaneidad con la que los artistas cantan y bailan, en este caso, a través un puñado de coreografías perfectamente ensambladas por Marina Svartzman.

Calificación: Muy bueno

Juan Carlos Fontana

Ficha técnica:

“AL BÁRBARO LE DOY PAZ” . Dramaturgia y dirección: Pablo Gorlero. Sobre textos y canciones de María Elena Wals. Intérpretes: Mariano Magnífico (el hombre niño), Flavia Pereda (la enamorada), Julián Pucheta (Magoya). Déborah Turza (La que protesta). Reemplazos: Laura Bertonazzi, Agustina D’angelo, Pedro Raimondi, Sebastián Ziliotto. Músicos en vivo: Juan Ignacio López (piano) y Tito Vanini (percusión). Dirección vocal y musical: Juan Ignacio López. Coreografía y asistencia de dirección: Marina Svartzman. Diseño de escenografía: Gastón Zambón. Diseño de vestuario: Gabriella Gerdelics. Diseño de iluminación: Leandra Rodríguez. Stage manager: Valentina Lozano. Diseño gráfico: Juan Salvador de Tullio. Producción ejecutiva: Ezequiel Paredes. Funciones: martes, a las 20 y domingos, a las 22. Sala: El Picadero, pasaje Enrique Santos Discépolo 1857. Duración: 90 minutos. Entradas: Plateanet o en la boletería del teatro $1.400.-

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