«Expectatio (un acto tragicómico)» , revaloriza al ser humano, al arte teatral como una respuesta a la crueldad bélica de estos tiempos.

Un exultante ejercicio de síntesis, que puede leerse hoy como una propuesta antibélica, es la que pone en escena la siempre admirada directora y dramaturga Corina Fiorillo.

En este espectáculo la premiada directora se corrió de eje y nada más acertado. ¿Por qué? Porque apela poco a la palabra y sí a las acciones, las miradas, los gestos, la gratitud de estar con un otro, un amigo, un hermano, una pareja, un conocido para hablar del significado que hoy adquiere, precisamente, la compañía de otro ser humano.

En un instante de la historia en la que los gobernantes del mundo, tal vez, aburridos de sus propias vidas, ya no saben qué hacer y deciden, otra vez y otra vez, jugar a los bolos con los misiles, con la excusa de la conquista de tierras, “Expectatio” abre un interrogante estético, en el que revaloriza la vida.

En instantes en que quienes acá y allá y más allá, parecen afirmar: el ser humano no vale nada, sólo valemos nosotros, por lo tanto, mejor destruirlos, cercenarlos, cortarles su libertad, el arte del teatro se yergue otra vez para proponernos una respuesta contundente.

Dos hombres esperan en un espacio inmenso, infinito, vacío. Se tienen a ellos mismos. Ellos son su única compañía. Son disímiles, pero pares, se contradicen, pero construyen acuerdos y ambos están ahí, en la inmensidad de esa llanura, si la imaginación nos permite leerlo así, para esperar, quizás, para “Dejar que entre el sol”, otra vez, como decía el mítico tema principal del musical “Hair”. O que aparezca el simple dueño de un zapato, objeto misterioso y coprotagónico de esta propuesta. Esa especie de botín viejo, sucio, roto, que apareció de golpe en el espacio y provoca un gran interrogante en esos dos caballeros que circunstancialmente se encuentran allí, frente a nosotros espectadores, es el coprotagonista de este imprevisible y atractivo relato. ¿De quién es ese zapato? ¿De alguien que dejó este mundo, de alguien que se perdió? Ya no importa, es la representación anónima de un humano que con su pie pobló ese objeto, se desplazó con él, lo gastó de tanto usarlo. En definitiva, es un testigo ineludible de alguien, que desconocemos. Y sobre ese interrogante se construye esta metáfora absurda, antibélica, simbólica, de la que se podrían escribir una y cien páginas.

Ellos, como los protagonistas de “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, casualmente escrita por el autor irlandés, en el 48, 49, después de la Segunda Guerra Mundial, en épocas de una Europa devastada, esperan y disimulan muy bien su desesperación, su no destino. ¿A quién esperan? ¿Vendrá? ¿Y si viene les despejará alguna duda? ¿Modificará su panorama? No se sabe. Mientras esperan conjeturan mil y una hipótesis. Sonríen, bailan, son asimétricos. No son iguales, no hacen los mismos movimientos, ni los mismos pasos. Cada uno respeta su identidad y la del otro y se acompañan. Se tienen el uno al otro. ¿Tienen miedo de abandonarse uno al otro? Tal vez. Por las dudas se mantienen juntos. Disimulan su renuncia, bailan para no hablar quizás de un destino incierto. Están. En la era de los robots y la I.A. un humano y otro humano y muchos humanos valen, podría decirse, toneladas ya no de dólares, sino de diamantes. Porque la apuesta hoy, es hasta hacer el amor con una máquina y en eso están perfeccionando esa “maldita máquina maestra” ideada por los cerebros solitarios encerrados en sus cubículos. Pero acá en el escenario de Belisario, de una Corrientes que intenta imitar a la mítica Broadway poblada de gente, dos actores, con casi infinita trayectoria y técnica, nos conmueven, nos hacen reír, pensar, los admiramos por cómo se mueven, por cómo bailan, por cómo gesticulan, por como gozan ellos mismos el arte del teatro y nosotros estamos ahí, junto a ellos y nos regocijamos con verlos, como si fuera la primera vez. Lo lúdico es esencial a la mujer, al hombre y aunque sea por 55 minutos, dos hombres, dos artistas, nos trasladan a la mítica fantasía de un arte que no será derribado por bombas o misiles, perdurará en el tiempo. Como aquella vez, en 1993, cuando la gran Susan Sontag se atrevió a montar “Esperando a Godot” en la destruida Sarajevo en un teatro semidestruido por la guerra e iluminado con luz de velas.

Inspirada en la obra de Samuel Beckett, Corina Fiorillo y sus dos exquisitos y talentosos intérpretes, Gustavo Pardi y Marcelo Savignone construyen una creativa caligrafía de la interpretación a partir del uso no discursivo de la palabra y el movimiento, que alude con ciertas cuotas de absurdo a la confusa situación mundial. A ese sino de una espera, en la que sólo queda resignarnos y acompañarnos de o los que tenemos al lado. Resistiremos! Un espectáculo para disfrutar, pensar e imaginar! No es poco.

 

Calificación: Muy buena

Juan Carlos Fontana

 

Ficha técnica:

 

Expectatio (Un acto tragicómico). Dramaturgia y dirección: Corina Fiorillo. Intérpretes: Gustavo Pardi y Marcelo Savignone. Iluminación: Ricardo Sica. Escenografía y vestuario: Marlene Lievendag. Arreglos sonoros: Tomás Pol. Asistencia: Glenda Aramburu. Diseño gráfico: Moreno Preeyra. Fotografía: Cristian Holzmann. Producción ejecutiva: Marina D’Lucca. Productor Asociado: Belisario Club de Cultura. Sala: Belisario, Corrientes 1624. Funciones: viernes, a las 20. Duración: 55 minutos.

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