Juan Diego Botto, el Messi del teatro, ofreció una función deslumbrante de virtuosismo escénico

Emocionó hasta las lágrimas y a nadie dejó indiferente, con su espectáculo “Una noche sin luna”, que estrenó anoche en el Teatro San Martín.

Mucho más de 10 minutos de aplausos demuestran las virtudes interpretativas de este actor español-argentino, o al revés. El que a los cuatro años partió hacia España junto a su madre, luego de la desaparición de su padre, actor como él, y al que le dedicó la función, ya que Diego Fernando Botto, actor como su hijo, conoció a su madre cuando juntos hicieron “Romance de lobos”, de Valle Inclán, en la misma sala, la Martín Coronado del San Martín. En ese escenario Juan Diego asombró a una platea que impávida, por momentos cuestionada, por instantes divertida, disfrutó de esta pieza inspirada en Federico García Lorca y dirigida y escrita con un marcado virtuosismo dramatúrgico.

Diego Botto tejió la trama de la pieza, poniendo en el centro a Lorca, parte de sus escritos, sus títeres de cachiporra, algunos de sus poemas podrían decirse surrealistas, habló de “Mariana Pineda” y tantas otras frases y fragmentos de sus piezas que deslumbraron a las plateas del mundo, como su inolvidable  “Yerma”, o “Doña Rosita, la soltera”, ambas interpretadas por la  inigualable Nuria Espert.

Pero acá el objetivo, el que está en la mira, en ese escenario de una boca que parece devorárselo, la sala Martín Coronado, es Juan Diego, el que a poco de comenzada la función y con una seriedad inusitada intentó engañarnos con un truco típico de una dramaturgia incandescente. Mediante esta artimaña intentó, de entrada, rozar el alma, cuestionar al espectador, hacerlo sentirse vivo, porque para eso está el teatro, para recordarnos que la memoria propia y la de los pueblos que hemos nacido es una memoria viva, que para bien o para mal ha ido moldeando nuestra existencia. Y en eso de ir moldeando la existencia también cabe la política, por eso unos somos de izquierda, socialistas y otros rojos, conservadores, liberables, derechistas o reposteros que hornean sus pasteles imaginando que sólo el trabajo sostiene, en definitiva la existencia. Pero dejémonos de devaneos superfluos. Acá la estrella es el señor Juan Diego Botto, hoy, ya de 47 años, que dejó muy atrás aquella `juvenilia`, el film “Historias del Kronen”, con la que batieron récords de taquilla.

Anoche debutó en el teatro San Martín y sus funciones se extenderán hasta este sábado 24.6, a las 20 y el domingo 25.6, a las 17, por lo que es para no perdérselo. Pocas veces el espectador logra emprender un viaje junto al personaje, en este caso Lorca, que atraviesa desde los instantes previos a su fusilamiento, en 1936, en el molino cerca de Viznar, en una noche sin luna; y toparse luego con un Federico ya ”muerto”, que no se resigna a no desaparecer y de ese modo su alma, su presencia se presiente en una sonrisa, en ese tomar partido por los excluidos, por los vulnerados, atropellados como él, o hasta despojados de su dignidad de la manera más cruel.

Pero el perenne Federico se multiplica ayer y hoy y se sigue multiplicando en infinitos Federicos, que como Juan Diego Botto grita, murmulla, invita a reflexionar desde un escenario, en el que intenta hacernos creer en un cielo azul y un mar de fantasía imaginarios y que aún es posible la justicia, aunque en la memoria, en ese puente que para Botto implica España-Argentina, siempre esté en alerta la injusticia que reciben los más desamparados, los gays como Lorca, que sueñan con lunas y soles, pero también con muertes y cuerpos dolientes. O en mujeres como Bernarda Alba y sus hijas, que exponen su drama, como una síntesis de lo que fue el callar, el asumir sus propios castigos y dolores, como símbolos del franquismo.

Juan Diego Botto, se viste de Lorca pero también de aquellas personalidades más pérfidas para hacernos entender los por qué de las enfermedades que aún afectan a las democracias del mundo.  Por eso juega varios papeles a la vez, asume una y otra máscara, para entablar una discusión utópica entre el mismo Lorca, parte del público y un irreverente y despótico caballero que intenta callar la libertad y la poética de un hombre que imaginó el mundo lejos de Vox, pero también lejos de las injusticias del país en el que nació: Argentina.

Bajo la figura de Teseo, Juan Diego Botto invita al público, metafóricamente, claro, a subir a su barcaza transformable y emprender un viaje por el imaginario lorquiano, tan fecundo, como inmerso en un sincericidio que no ha dejado de traerle conflictos, en especial con la ley. Pero sigue fiel a sus creencias, a sus postulados inmersos en una poética, con la que es capaz de hacernos ver en ese tablado, convertido casi en una balsa, una trama de épocas y situaciones, que se van transformando, modificando, ubicando y quitando tablas a medida que avanza el espectáculo. Cada movimiento que realiza es un relato que nos conmueve, nos llega a las entrañas y nos desvanece en pensamientos contradictorios, pero fecundos en obligarnos a crecer en pensamientos, quizás que tomen más en cuenta al otro, que no lo cuestionen tanto y que aprendamos a aceptar al prójimo, como quisiéramos que nos acepten a nosotros mismos.

Por eso este Messi del teatro que es Juan Diego Botto, está ahí, enérgico, haciéndose dueño y señor de una interpretación que nos deslumbra en cada paso que da, en cada bajada a la platea, en cada cuestionamiento que nos hace como espectadores, para hacer ver aquello que a veces no queremos ver, que en parte son nuestras propias contradicciones.

La maqueta-balsa modificable, una creación del escenógrafo Curt Allen Wilmer, permite un trasvasamiento de épocas y sigue el paradigma de Teseo, que por más que modificó su barca y cambió sus tablas, su identidad perduró en el tiempo, en busca de esa libertad traducida en bucear los cielos, los mares, como infinitas fuentes de inspiración. Qué decir del director Sergio Peris-Mencheta, alma mater, creador activo en guiar a un actor por los sinuosos caminos de exponer su alma en un escenario, utilizando como su mayor arma comunicativa, su propio cuerpo, su capacidad para hacernos creer que una mínima tabla es un piano, o que una placa arrancada del piso es una lápida, o que un viejo abrigo polvoriento es parte de un pasado, o que unos zapatos enterrados, permiten rendir un homenaje a aquellos que el franquismo enterró debajo de los asfaltos de la carretera, como bien se lo ilustra en el documental “El silencio de los otros”, que puede verse en Netflix, hasta el 1 de julio.

Gracias Juan Diego Botto por tu entrega, sinceridad, tus dotes de enorme artista y por hacernos sentir que el teatro no ha perdido vigencia para comunicarse con el espectador, en algo tan valioso como el encuentro en vivo, y hacer reír, emocionar y llorar con tu arte.

Calificación: Excelente

Juan Carlos Fontana

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