Es escenógrafo, pero bien podría ser un bartender. Porque Jorge Ferrari es un hombre a descubrir, uno se lo imagina escuchando a directores de teatro o cine, incluso a bailarines, o músicos como Fito Páez, con su clásica sonrisa y luego mezclando en su cabeza pinturas, distintos colores y mirar serio al que lo convoco, como diciéndole en silencio, “quédate, no te vayas!, porque muy pronto vas a disfrutar de mi paleta, de mi mezcla de colores. Los que en definitiva crean un “cóctel”, que casi siempre resulta no sólo sorprendente, sino también inclasificable y demuestra su conocimiento del cliente-director-autor.

Recorrer este libro-objeto, de impecable tapa blanca, implica toda una tentación, porque es como abrir una Caja de Pandora. Es qué, como bien titula su nota el periodista y crítico de teatro Carlos Pacheco, para Jorge Ferrari, “La escenografía es pura materia”. Y allí está él, Ferrari, en la platea de un teatro vacío, sonriente, como tramando algo, cuál niño travieso. O tal vez recordando a aquel chico que fue. El mismo que descubrió el cine y el teatro junto a sus padres, con los que asistió a ver derramar lágrimas a Mecha Ortiz, o Delia Garcés, o ponerse enérgica a Lola Membrives, o desafiar a un otro con su talla desafiante a Francisco Petrone. Emociona ver la foto de Ferrari, en los años ´50, en los brazos de su hermano, postal que también ofrece este libro que propone un viaje que comienza en los ´80 y no termina, porque infatigable y dispuesto siempre (porque sino la ansiedad lo devora, como él mismo comentó en la presentación de este libro en el teatro San Martín, en el que contó con certeras y cariñosas anécdotas de Alejandra Flechner y Rubén Szuchmacher, además del creador de este libro Marcelo Jaureguiberry), el artista es tan clásico como moderno, renacentista, como un performer de la Nueva Era, capaz de lidiar con algún superhéroe.

Marcelo Jaureguiberry, Jorge Ferrari y Rubén Szuchmacher, en la presentación del libro en el Teatro San Martín
Al hojear y leer el libro que el doctor en filología española, arquitecto y también escenógrafo, Marcelo Jaureguiberry, compiló, fue curador, redactó, ordenó, editó y recopiló la extensa y variada trayectoria de Ferrari en fotos y datos de sus obras, además de sus premios y nominaciones, se tiene la sensación no sólo de emprender un viaje por un País de las Mil Maravillas, sino también abrir un Portal a la fantasía. A imágenes que Ferrari creó con elocuencia y vigor de varieté para “Flop”, por ejemplo, el film que dirigió Eduardo Mignogna, en 1989. De allí en esta especie de caleidoscopio visual tan gratificante, nos trasladamos a las imágenes de “Tango feroz” (1993), que dirigió Marcelo Piñeyro, con el que Ferrari haría muchas otras producciones, entre ellas la vigorosa y compleja “Plata Quemada”, sobre el libro de Piglia, película a la que Ferrari le imprimió un contexto escenográfico que bordea la exasperante marginalidad de dos delincuentes que se aman tanto, del mismo modo que están dispuestos a perder la vida juntos.

La casa de Bernarda Alba
Pero Ferrari no sólo es cine, también creó el contexto casi surrealista que acompañó al admirado Fito Paez, en la presentación de “Euphoria” (1996), o le aportó ese entorno surreal a “Liederkreis”, la ópera de Gandini, que Rubén Szuchmacher estrenó en 2000, en el Colón. Con Szuchmacher, Ferrari creó una relación casi de matrimonio creativo, que se han complementado fantásticamente a lo largo de su carrera y juntos han dado inolvidables creaciones, como el “Enrique IV”, de Pirandello, con Alfredo Alcón, en medio de esa espectacular escenografía que incluía una imponente sala de mosaicos, con un amplio muro de piedra grisácea detrás, que contuvo a ese protagonista único que emprendió un viaje hacia otros universos -al que no olvidamos- y que tan bien sabia decir las palabras imaginadas por el autor de “Seis personajes en busca de un autor”. Y ni hablar de “La muerte de un viajante” con esa foto ícono de sillas y pinos detrás, obra por la que el binomio Szuchmacher-Ferrari recibió estruendosos aplausos en la sala Pablo Picasso, de La Plaza. “Los derechos de la salud”, de Florencio Sánchez plantado en un universo de sugestiva, rigurosa y fascinante elocuencia, hasta “Idomeneo, Rei Di Creta” (2003, en el Colón). O la dolorosa “Crónica de una fuga”, de Adrián Caetano, para la que Ferrari hizo una dirección de arte, que le imprimió emoción, espíritu de aventura e irracionalidad a una temática que representó una dolorosa etapa para los argentinos. Sin obviar “Roma”, el film de Adolfo Aristarain, también con impecable dirección de arte de Ferrari, que incluyó no sólo un exquisito vestuario que definió una etapa, también los modelos de autos y arquitecturas típicas de aquellos años.

Hamlet
El libro sobre la obra de Jorge Ferrari desborda pirotecnia creativa en el buen sentido. Permite recorrer en imágenes la vastedad y la estética de un artista, que se atreve como pocos a descorrer y compartir la galería de su imaginación infinita y nos permite observar sus bocetos de arquitectura, sus figurines de vestuario. El entusiasmo que despierta hojear una página tras otra de este “manual de arte”, también permite asomarnos a esas imágenes de enormes piernas femeninas con tacones y portaligas que ilustró el Kit Kat Klub con el que impactó al público en la versión porteña del mítico musical “Cabaret”. O esa minimalista plaza de toros despojada y absoluta, que diseñó para “Carmen”, 2007, en el Argentino, de La Plata. También esos sillones tan de época y ese gigantesco afiche de la mítica “Blow-Up” de Antonioni con la que ideó la escenografía para “¿De quién es el portaligas?”, que significó el debut como director de cine de Fito Páez.

Kinsky Boots
Vale transcribir las palabras que Marcelo Jaureguiberry le dedica en el prólogo, que definen, en parte, el genio creativo de Jorge Ferrari. Jaureguiberry dice así: “Si la escenografía es un cuerpo que estructura el escenario y escucha el espacio, nada menos que Ferrari, que tiene formación en danza, para entregar su cuerpo escenográfico al espacio escénico y colapsar el escenario. Pero, por si esto fuera poco, y sumando a sus antecedentes en la danza, transmuta su formación, la dirección de arte en la escuela del Instituto Nacional del Cine y propone la intervención audiovisual en escena como parte de un diálogo dramatúrgico con las acciones del actor y el espacio escenográfico, armando un artefacto escénico innovador entre la imagen, el espacio y la escenografía”.

Hay dos preguntas claves que el periodista y crítico de teatro Carlos Pacheco le hace al escenógrafo, vestuarista y director de arte, en un extenso y esclarecedor reportaje, que da cuenta de la vida recorrida por este artista. ¿Recordás tu primera escenografía? “Una cocina espantosa para una publicidad –responde Ferrari-. Me acuerdo que cometí todos los pecados del mundo. Era todo tan cuidado. La cocina era naranja, la cortinita…Todo estaba muy puesto. Si hoy lo viera sería una cosa muy pasada de moda. Comencé a aprender al mismo tiempo que trabajaba. Porque no me formé en ninguna escuela de escenografía. Pero pude bucear en mi interior para tratar de superar mis limitaciones”. A continuación Pacheco agrega: En ese entramado de relaciones que construiste también está el director norteamericano Francis Ford Coppola, ¿Qué trabajo compartieron? “Participé de su película “Tetro”, filmada en 2008 –agrega Jorge Ferrari-. Lo conocí y se lo presenté a Ana María Stekelman para que hiciera la coreografía de la película. Ella pidió que yo diseñara el vestuario del ballet. Cuando empezamos a hablar con Coppola sobre el tema, me indicó que también diseñara los bocetos escenográficos que se realizarían digitalmente. Los hice y quedaron realmente muy hermosos. La filmación se concretó en Alicante, en la Ciudad de la luz, unos estudios muy impactantes que habían construido recientemente. Eso me posibilitó estar muy cerca del director, ya que el rodaje en estudio es más distendido y pude mantener largas charlas sobre arte y ópera. El es hijo del reconocido director de orquesta Carmine Coppola. Hasta tuve el privilegio de que me llamara `maestro`, como se denomina a los escenógrafos dentro del mundo operístico”.
Juan Carlos Fontana

El libro se completa con un exhaustivo índice de obras, que incluye fechas de estreno y fichas técnicas y un detalle de sus innumerables premios y nominaciones. También se explayan y esclarecen la labor creativa de Jorge Ferrari, el director Rubén Szuchmacher. El músico y compositor Fito Páez. El diseñador de iluminación, Gonzalo Córdova. El crítico e investigador Federico Irazábal y la investigadora Gladys Croxatto. Hicieron posible este libro El Instituto de Estudios Escenográficos de la Facultad de arte-Universidad Nacional del Centro UNICEN, Mecenazgo, Instituto Nacional del Teatro, Eudeba y Proteatro.
