Como dice Borges en su poema Barrio reconquistado: Hoy, me eché a caminar por las calles de Palermo, como por una recuperada heredad. Hoy, que, los alquileres de los departamentos de 1 ambiente más económicos, se topan con una pared blanca, o destruida, como frontera, porque lo que puedes pagar es lo mínimo que pide un mercado que se ha desbocado, frente a los nuevos cuchilleros que pueblan el “precario imperio argentino”, devenido en tierra promisoria, salí a caminar. Sí, en busca de plazas anchas, de árboles en los que las texturas verdes parecen calmarme, las también ansiedades desbocadas. Y en ese paseo sin rumbo, me encontré con Silvia, en un barcito escondido, en una típica esquina estrecha, pero vistosa: bien arregladita, con pibas y pibes, que te sirven un café con un dulce y una sonrisa, lo que hace que te preguntes ¿pero, que los invita a sonreír? ¿los obligan?
Y allí, con Silvia, que hacía largo tiempo que no nos encontrábamos, nos trenzamos en una muy amena charla al rememorar viejas artes, del cine y el teatro, que nos deslumbró, en los ´70, los ’80 y nos hizo repensar aquel presente de décadas como si fuera hoy. Del mismo modo que luego iríamos a ver una obra de teatro titulada así: «Esto es temporal», en un curioso pub que le pusieron por nombre Miss Venezuela, pero que, desde el vamos nos zambulló en antiguos y cálidos contextos familiares, de inmigrantes, de “hermanos latinaomericanos”, como solíamos decir en otra época y hoy ya no. Ya no, con ese estilo de El conventillo de la Paloma, del gran Vaccarezza, sino con intérpretes entre argentinos y latinoamericanos, jóvenes la mayoría, bellos, entusiastas, al exponer una estética teatral, en la que ellos creen y logran hacerla piel. Esas mujeres y hombres jóvenes, nos metieron en algo que nunca dejamos de amar: el gran arte del teatro, que es a su vez, el gran arte del engaño.

En ese aceitado ritmo de temática nostálgica y melancólica y a su vez certera, convincente, el equipo de estos pibxs, nos sorprendió con sus bien elegidos ingredientes. En los que fueron mezclando, cuestiones de género, hasta discusiones entre hermanos, ella y él, urgidos de tener que vender ese viejo caserón familiar, tan viejo como algunos de ese barrio, del que se decía que antiguamente estaba habitado por cuchilleros, así lo señalaba, otra vez, don Borges.
El muchacho protagonista, está dispuesto a dejar aquel caserón de paredes desgastadas de voces del pasado y de tradiciones y que hoy, la hermana más arraigada a vertientes conservadoras, o porque encierra antiguas historias, le cuesta desprenderse. El muchacho, inquieto, algo tenso, pero convincente en su figura delgada, le dice que quiere vender, porque quiere irse, viajar al Viejo Mundo, con su flamante pareja: otro joven, de cabello largo, vestido de tono oscuro y barba, que, quizás recuerda a la sufrida Martirio, de La casa de Bernarda Alba. Esta persona está dispuesta a seguir a ese hombre hasta dónde la lleve y él, tal vez, porque nunca han tenido intimidad -así lo confiesa-, quiere vivir la intensidad de ese romance impreciso, con la libertad de cualquier pareja.
En ese inevitable discutir en busca de una verdad inexistente. En ese constante ir y venir de una habitación a otra, los protagonistas van tejiendo una trama contundente, tragicómica. La que obliga a hacer un continuo ping pong de movimientos de cabeza al espectador, para no perder detalle, de ese sabroso entrelazado de palabras, mechadas con acentos diversos y una sutileza que se disimula. Lo cierto es que en lo que no se dice, en lo que se presiente, está el fruto más apreciado de la historia.
En esto están los personajes, cuando en ese viejo living irrumpe, uno de los típicos deliverys que vemos corretear por la ciudad diariamente. Y detrás de él ingresa un viejo amigo de la familia, él que anuncia que Gardel regresó de su gira y va a actuar en la Ciudad, acompañado de su inseparable amigo Razzano.

Todos están invitados al concierto. Pero lo curioso es que alguien anuncia a la familia que es posible que el gran Carlitos aparezca por ese viejo caserón de visita, luego de su actuación.
El ritmo se vuelve inquietante. Caprichoso, a veces, melancólico y hasta travieso, porque estos personajes si algo no pierden es que frente a la decisión de tener que abandonar la vieja casa, en su idiosincrasia, en esa mezcla de sonrisas risueñas que los define, pueden esconder un mar de lágrimas. Sin duda, el director, o la directora, no sabemos, trabajó al detalle con cada uno de estos intérpretes, para que respeten sus intervenciones dramáticas, también para que lo que dicen y sienten, llegue con la frescura de la primera vez. Mientras el clima se llena de ansiedad, de inquietud ante la espera de El Zorzal criollo, el público exclama, hace comentarios y juega como si fuera un eco que transparenta y traduce lo que sucede en la escena.
Cuando el Gran Carlitos irrumpe en escena, el goce es pleno. Pero a poco de ingresar a ese vetusto comedor de alegrías pasadas, posa sus ojos en la única muchacha a la que pareciera que nunca se le desdibujó la sonrisa. Ella es la Miss… con coronita brillante y todo, de la que no sabemos que rol familiar ocupa: si es hermana, prima o vecina. Y así a aplauso pleno y estruendoso, felicitamos a esos intérpretes que por un rato nos trasladaron a otra Argentina, taciturna y algo melancólica, pero dispuesta a vibrar siempre con quienes la habitan.

Silvia y yo salimos sonriendo por esas callecitas de Palermo, en el que el viejo Borges, había vivido su infancia y Enrique Delfino le puso música a su tango Palermo (1929), aquél que decía: ¡Maldito seas, Palermo! Me tenés seco y enfermo, mal vestido y sin morfar, porque el vento los domingos, me patino con los pintos…
Entre esas luces ya tenues de la ciudad, Silvia y yo, a la que me une una amistad de varias décadas, seguimos recordando obras de teatro que, de algún modo, nos marcaron. Como aquella inolvidable 9º B, que la gran Lía Jelín, protagonizó en el viejo teatro, que el arquitecto Osvaldo Giesso tenía en San Telmo; y en esos saltos de un recuerdo a otro, Silvia me recuerda una crónica que escribí no hace mucho. La de los Días perfectos (2023), el film de Wim Wenders, que nos deslumbró a ambos, al observar cómo la cámara registraba a ese hombre mayor japonés, que sonriente, todas las mañana concurría a su trabajo: limpiar los baños de algunos barrios de Tokio, cuya reluciente pulcritud y la cara sonriente del anciano, nos hizo entender que la vida, siempre parece estar en otro lado, en ese vértice o costado que nunca prevemos. Y con Silvia, nos miramos y decimos a dúo, entonces !Viva la vida!, recordando otro film, esta vez de 1969, que dirigió Enrique Carreras, con música de Palito Ortega y protagonizada por Juan Carlos Dual, Tita Merello y Hugo del Carril.
