La obra de Facundo Zilberberg, ganadora del segundo premio Germán Rozenmacher 2017 a la nueva dramaturgia, es como un remanso escénico, triste, melancólico, pero agradable en su síntesis de exponer justos y precisos recuerdos de una familia, compuesta por una madre y sus hijos.
El padre de ella murió. Ella está inmersa en una depresión que la tiene casi detenida en el tiempo y los hijos que la intentan acompañar no alcanzan a comprender la dimensión de su dolor, de sus pérdidas, de una vida que en apariencia llegó a su fin por decisión propia.

LOS SILENCIOS DICEN
Lo valioso de este texto de Zilberberg, que tiene una docena de piezas estrenadas, es que el autor le otorgó un atractivo espacio a los silencios, los que a veces, dicen más que las palabras. El autor-director demuestra que con esta propuesta no tiene la ansiedad de querer decirlo todo, de explicar lo obvio. Se inclina con sabiduría, y su equipo se actores – Alejandra Flores, Julián Marcove, Fernando De Rosa y Mariana Estensoro- lo acompaña con absoluta entrega, en intentar otorgarle una esencial importancia al subtexto. Lo primordial muchas veces está en lo que no se dice, pero se sugiere, se percibe.

PENETRAR EN LA HISTORIA
Por eso el espectáculo para el que lo ve resulta como una caricia vital, porque deja que cada uno “penetre” en esa historia, a partir de los propios recuerdos que le despiertan lo que sucede en el escenario. La tarea en equipo, cuando cada integrante técnico o actoral de una pieza entiende lo que se quiere expresar con una historia determinada, es uno de los grandes capitales del teatro, la mayoría de las veces eso no sucede. Esta vez sí. La magia del espectáculo se percibe de entrada, cuando asoma tímidamente la primera luz en el espacio y se observa en penumbras ese patio familiar, con masetas, parras, una pequeña pileta de lona, una estantería de objetos inútiles, dos sillones.
En ese ámbito la madre y el hijo menor se miran, intentan dialogar, pero las palabras parecen esconderse, no salir a la superficie. En ese silencio, madre e hijo, parecen inmersos en imágenes que los invitan nada más que a acompañarse uno al otro. Más allá está el hijo mayor hablando por teléfono con su actual mujer, de la que dirá que por momentos no sabe comprender, que la ama pero la percibe lejos. Zilberberg deja que el pasado, el de los sentimientos, de la infancia, asomen con la intención de querer abrazar el presente, para que éste no resulte tan asfixiante. La intención de comprender a los padres en sus silencios, no siempre es fácil para los hijos y ellos mismos en esa casa de la infancia, intentan aprehender viejos recuerdos a través de los juegos.

VALIOSO UNIVERSO CREATIVO
Facundo Zilberberg que tuvo como maestros a Rubén Szuchmacher, Ana Alvarado, Mauricio Kartún, Javier Daulte, tomó de cada uno de ellos lo esencial y creó su propio universo creativo. Un espacio que lo identifica y le permitió guiar a sus actores tomando en cuenta que las palabras, tanto lo que se dice, como lo que no, primero deben percibirse en cada parte del cuerpo del intérprete. De ese modo cuando la palabra se hace audible, el sentimiento asoma con una verdad que llega a la platea y le provoca al público una empatía o no, que en definitiva esa es la función del teatro, comunicar, modificar o polemizar con el espectador, pero nunca dejarlo indiferente.
Calificación: Muy buena
Juan Carlos Fontana
Ficha técnica:
El tiempo se detiene. Autor y director: Facundo Zilberberg. Intérpretes: Alejandra Flores, Julián Marcove, Fernando De Rosa, Mariana Estensoro. Escenografía: Miguel Nigro. Vestuario: Analía Morales. Iluminación: Luciana Giacobbe. Fotografía: Ariana Caruso. Producción y asistencia artística: Mariana Barceló. Sala: Beckett teatro (Guardia Vieja 3556). Funciones: viernes, a las 21. Localidades: $300.-, estudiantes y jubilados $270.- Duración: 60 minutos.
