Su autor, Jan Vilanova Claudín (Andorra, 1982) se inspiró en un hecho especial: el anuncio del fin del mundo, según el calendario maya, previsto para 2012. Lo cierto es que ¿cuántas veces se anunció el fin del mundo? Para Vilanova Claudín esa anécdota fue el despegue para crear una historia original, inédita e imprevisible.
Su relato reúne a dos hombres que no se conocen. Ambos coinciden por obra de la circunstancia mencionada, en una oficinal estatal de un pueblo. Uno llega porque su auto por equis circunstancias se detuvo en ese lugar y además se acerca a esa oficina del municipio para hablar con alguien sobre el suceso: el denominado fin del mundo, que tiene a la población en estado de alerta.
Un camino de ingreso, una oficina casi desmantelada y un sujeto extraño que la atiende, que parece provenir de otro planeta, es lo primero que se ve. El empleado estatal con el que se topa el que viene de afuera, como ocurre la mayoría de las veces, parece `estar en otra`, como se dice comúnmente y no presta demasiada atención a los requerimientos de ese periodista que llega y dice ser famoso, y le pone su cara de perfil para que el otro lo reconozca. El otro le responde con un desinterés tan rotundo, que dan ganas de abofetearlo. Pero el periodista se guarda la intención, su impotencia y desamparo ante el observar que su misión tiene todas las características de ser frustradas, se leen en su cuerpo, en su voz, en su silencio, en su mirada. La realidad de doblega ante los hechos. Lo cotidiano pasa a ser algo desconocido para esos dos hombres que bien podrían ser uno sólo en distintas circunstancias.
La pieza es una original comedia absurda, algo ácida, algo irónica y también algo advenediza. Pero la intención del autor es deshilvanar un relato en el que el espectador no entienda bien de qué va y provocar con eso instancias de un suspenso algo cómico, imprevisible que define y sostiene la trama. Un ping pong casi de preguntas-respuestas, que no parecen coincidir nunca con lo que cada uno espera y más en circunstancias de esa índole, cubren los primeros tramos de esta historia.
En el afuera de esa supuesta oficina está la gente que observa, el pueblo. Cada tanto uno y otro de los sujetos encerrados en ese habitáculo-oficina, los observan apoyando sus caras pegadas al vidrio de las ventanas, lo que provoca muecas de lo más diversas. Cada tanto les gritan: putos, putos… nadie responde afuera.
El relato original de Jan Vilanova Claudín, se titula Oscuridad, pero acá se lo cambió por El cielo en una habitación, tal vez por entender que ese cielo en esa habitación cerrada puede dar lugar al despertar de múltiples interrogantes, que en verdad, en parte es lo que propone la pieza. Aunque Oscuridad también resulta acertado si se presume que se está hablando de una especie de oscuridad de la humanidad. Los textos que parecen querer decir mucho y nada a la vez, resultan monocordes, de frases cortas, las respuestas del empleado a las preguntas del periodista, son más bien ridículamente indiferentes, hasta agresivas y esa sutiles muecas que emplea Eduardo Leyrado para ilustrar su personaje, le otorgan una visión que no invita demasiado al periodista a intentar encontrar las respuestas que se presume vino a buscar. Pero lo esencial de la pieza, y en especial la apuesta y la indicación que parece haberles sido dada a los actores, es interpretar a dos personajes que imprevistamente y por una circunstancia inimaginable son arrastrados a ser, tal vez, víctimas de una situación que puede o no terminar con sus vidas. Por lo que el cotidiano se transforma en algo desconocido, insólitamente acechante e inmerso en un mar de amenazas de distinta índole muy bien resueltas por ambos interpretes, que sorprenden al espectador. Nelson Rueda y Leyrado se prestan gustosos y comprometidos a jugar situaciones en las que no sólo se agreden físicamente, también rozan planos existenciales, a la vez que se obligan a responder preguntas que ni uno ni otro tendrían por qué hacerlo.
La pieza tiene una riqueza en el acopio de situaciones que no son previsibles y obligan al espectador a estar atentos a las mínimas reacciones, los mínimos matices que Leyrado y Nelson Rueda, los dos antihéroes, las víctimas de esta trama, deben sostener para no perder ese ritmo casi acuciante con el que se desarrolla la historia. La que de algún modo recuerda a Crónicas de motel, del fallecido Sam Shepard, él que incluso heredó circunstancias del inefable Samuel Beckett. A partir de estas circunstancias las virtudes interpretativas de Nelson Rueda y Eduardo Leyrado se ponen a prueba y salen más que ganadores en ese constante contrapunto, en el que uno parece avanzar y el otro retroceder y viceversa. Lo que les exige a ambos un juego de gran sutileza, como si fuera un partido de esgrima, uno avanza y el otro retrocede, uno acecha y el otro espera el ataque, lo que les permite ir redescubriendo a través de silencios y miradas, aspectos existenciales, que parecieran se van modificando entre una función y otra.
Antihéroes que parecen estar obligados a desnudar las verdaderas caras de una rutina que les invalida sus más valiosos recursos humanos, Rueda y Leyrado, se muestran relajadamente como dos pusilánimes, dos hombres que han sido `desarmados` de su humanidad al ser atravesados por circunstancias absolutamente desconocidas. Esto es un hallazgo que propone este texto, que parece muy simple en su contexto de situaciones, pero no lo es.
Vilanova Claudín igual que el director local Franco Verdoia hacen cine y teatro, de allí que su mirada de define a partir de la ubicación de planos abiertos que sintetizan la relación de estos personajes. En todo caso la opresión, la presión interior que quizás puebla a ambos protagonistas no se ilustra de manera explosiva, sino que se deshilvana en un formato que parece provenir de las fibras más sutiles de la existencia. Las que luego se traducen en capas de planos interiores que van saliendo a la luz y desnudan un acontecer y otro y terminan `pegando` en el público de una manera, que para el que observa la pieza, se convierte en un mar de interrogantes propios y ajenos. A quién escribe observar ese espacio y la extraña fascinación que ejerce la presencia de ambos actores en escena, le hizo recordar al protagonista de París-Texas, de Win Wenders, cuyo guión escribió Sam Shepard y en el que ese extraño hombre que hacia Harry Dean Stanton transitaba la extrañeza provocada por su propia existencia en un devenir de un constante estado ominoso, de aletargado sueño, o pesadilla, de la que uno a veces quiere despertar y no puede. Vale la intención de acompañar a estos personajes en una travesía tan insólita, como atrapante.
Juan Carlos Fontana
Calificación: Muy buena
Ficha Ténica:
EL CIELO EN UNA HABITACION. **** Muy buena. Autor: Jan Vilanova Claudín. Dirección; Franco Verdoia. Intérpretes: Nelson Ruega, Eduardo Leyrado. Escenografía: Alejandro Goldstein. Iluminación: Eduardo Safigueroa. Vestuario: Jam Monti. Fotografías: Esteban Igarzábal. Sala: Espacio Callejón Humahuaca 3759. Funciones: sábados, a las 22. Duración: 90 minutos. Entradas: $3.000.- y $2.500, en www.alternativateatral.com