“Meterse al mar”, una ingeniosa y entretenida pieza sobre una pareja-despareja, en Paraje Artesón

Un hombre y una mujer pueden conformar un mundo cerrado, en el que no cabe nadie más. O tal vez sí. Todo depende de cuán asfixiante o complementaria sea la relación. Luna y Theo, los protagonistas de esta pieza de la prolífica Catalina Piotti (se la puede conocer visitando su sitio www.catapiotti.com) son como el agua y el aceite. Ella, Luna, es impulsiva, avasallante, espontánea, parece estar siempre dispuesta, precisamente, a zambullirse en el mar. Theo es precavido. Prefiere observar primero desde la orilla, chequear si el mar está embravecido. Forma parte de esa comunidad de los que no se arriesgan, hasta que adquieren la confianza suficiente para zambullirse. Esto hace que Luna, en su pensamiento, quizás imagine que Theo nunca nadará libre, disfrutando la calidez del agua que acaricia su cuerpo. Al contrario, siempre estará alerta observando y observándose.

Las escenas de esta pieza de Piotti intentan tener el  tono arrebatado de las sitcom. La autora-directora eligió un ritmo más bien ligero, de resolver rápido lo que sucede en cada escena y buscar el remate con algún chiste premeditado, que le permita convertir a Theo en un “alma rota”, como dice Luna, al indicar que siempre le atrajeron este tipo de hombres y no sabe por qué. La mujer acá es el motor de proa de esta nave en la que navegan dos seres opuestos. Cuando abre la historia, los primeros datos que se tiran a la escena dan a entender que bien pueden ser una pareja que se conoció en Tinder. Se citaron en un bar, se conocieron y ella más decidida invitó a Theo a su casa y éste aceptó.

A Theo le atrae Luna, en apariencia, no sabe bien por qué. El se muestra como algo tímido y hasta tartamudea en los primeros diálogos –un buen recurso de la autora-, luego más tarde se afianza un poco más. A Luna eso la impacienta y le provoca una verborragia en la que no para de hablar. Esa actitud uno se podría imaginar que asfixia e inhibe un poco a ese hombre tímido, con un perro y una familia de esas en las que la madre hace que su hijo logre su independencia tal vez muy tardíamente. Pero luego nos damos cuenta que no es tan así, que a Theo en apariencia le fascina escuchar esa “musicalidad” que se desprende de las palabras o actitudes de Luna. Lo cierto es que a medida que avanza el relato, esta historia en tono de comedia algo dramática se va afianzando. A veces los arrebatos verbales del personaje de Luna agotan un poco al espectador, pero el silencio y la quietud de Theo, su actitud expectante, pero asumiendo su papel de “caballero tímido”, logran un equilibrio en ese tú y yo, que conforman ambos personajes.

Las secuencias van en un crescendo dramático que por instantes `tiran` demasiada información. Pero algunas acciones bastante bien ubicadas  atemperan la locuacidad desenfrenada de Luna, la que siempre parece estar al borde de hacer sentir al hombre, una especie de objeto a manipular y usar a su antojo. Pero no todo es lo que parece y al final el espectador descubrirá que hay algo de esa relación que se equilibra. Theo se vuelve más contenedor y Luna va adquiriendo una actitud más reservada, menos explosiva, aunque siempre ingeniosa. El hecho imprevisto con el que la autora cierra su obra, sorprende al público, por lo inesperado, pero a la vez, indica un fin de ciclo. ¿Qué nos quiso demostrar la dramaturga y guionista con esta pieza? Tal vez las una y mil situaciones que conforman el universo de una pareja hombre-mujer, los que bien pueden ser un complemento, o convertirse en aquello tan común de que uno es capaz de someter al otro a sus propios caprichos, entre otras variantes. Mejor será descubrirlo viendo esta pieza que entretiene y permite disfrutar de ese paradójico magnetismo que provoca la estupenda pareja de intérpretes, que conforman Bea Ferreyra y David Brakin. Ambos intérpretes logran una exquisita química escénica y se dan el espacio suficiente para el lucimiento propio en una y otra escena. El humor y también el drama y hasta algunos instantes de divertidos atisbos de melodrama asoman en “Meterse al mar”, una pieza que si algo deja en claro es que mejor llegar a la orilla y zambullirse al agua sin pensarlo demasiado.  

Calificación: Buena

Juan Carlos Fontana

Ficha Técnica:
Meterse al mar. Autoría y dirección: Catalina Piotti. Intérpretes: Bea Ferreyra y David Brakin.  Sala: Paraje Artesón, Estado de Palestina 919. Funciones: sábados, a las 22.15. Duración: 60 minutos.  Entradas: $2.500.- compra anticipada en www.alternativateatral.com.ar, o en la misma sala.

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