Roberto Perinelli tiene la particular virtud de saber crear un clima de suspenso en sus textos y añadirles un humor por momentos ácido e irónico a la vez, al que sus personajes si están bien dirigidos como en este caso, lo disfrazan de una cierta y peligrosa ingenuidad cargada de diversos sentidos ocultos.
Sus piezas apelan a ese juego constante, tan pirandelliano en el que nada es lo que parece y en eso radica su virtud, su escabullirse de la obviedad, a la vez que le permite mantener al espectador expectante sobre lo que irá sucediendo a medida que avance la historia.

ANTES Y AHORA
En “Miembro del jurado” que escribió en 1979 y entre muchas otras puestas en escenas hace décadas atrás la dirigió el fallecido Julio Baccaro, ahora volvió a ubicarse en primer plano gracias a la reposición de la obra en el teatro Del Pueblo (Avenida Roque Saénz Peña 943, los lunes a las 20).
Quién se encargó esta vez de su puesta en escena es Corina Fiorillo, la ganadora del premio Ace de Oro, ya había presentado su precisa puesta en escena en temporadas anteriores y también giró con esta producción por el interior del país.
Si bien la pieza de Perinelli nació durante la dictadura militar, en 1979, esa constante tan argentina de que ante la ausencia de justicia el individuo no tiene otra alternativa, si se anima, que a cometer y llevar adelante su venganza por mano propia, no ha perdido vigencia a través de las décadas. Y bajo esta premisa radica la capacidad de la pieza de interesar al público, a la vez que se ha ido convirtiendo en un referente y un clásico dentro del género, tal vez, como “Crónica de un secuestro” de Mario Diament, “La muerte y la doncella” de Ariel Dorfman, o “El señor Galíndez”, de Eduardo Pavlovsky.

UN TRIO Y UN UNICO DESTINO
“Miembro del jurado” tiene tres personajes y está ambientada en una única locación, una habitación de una casona vieja, en la que se dice funciona un taller de cerrajería, pero esto pierde cierta consistencia a medida que avanza la pieza, ya que el supuesto encargado de la casa, con su pusilánime comportamiento parece indicar que ese ámbito solo es una fachada de un negocio en el que se esconden situaciones no del todo claras, que se irán definiendo mediante una agudizada dosis de suspenso a medida que avance la historia.
Un ex convicto sale de la cárcel y llega hasta el lugar mencionado por invitación del supuesto cerrajero, él que le dice que tiene un trabajo para él y que deben esperar las indicaciones de su jefe. Ese mientras tanto de la espera ambos personajes lo matizan con chistes irónicos, que encierran un doble significado, a la vez que el ex convicto es tentado por una extraña invitación que le hace el supuesto cerrajero. Le dice que el jefe le enviará una chica, una prostituta, para que amenice la espera.

PERSONAJE CLAVE
Este último personaje que aparece en el tramo final, es el que aporta la clave de esta verdadera historia de encierros no sólo físicos, también interiores. De respiraciones que se escuchan agitadas, con una angustia que puja por salir y encontrar su cauce sin lograrlo, mientras en el afuera se escucha una supuesta fiesta de carnaval, que, como un guiño diabólico, pareciera preceder al ritual de la tragedia que asomará en el final.
EL DESAFIO DE LA DIRECCION
Corina Fiorillo desde la dirección y la puesta en escena se propuso algo desafiante, aunque como sucede con todo gran artista, su firmeza e inteligencia en el entramado de situaciones, no se nota a simple vista, porque ella sabe proveer a sus actores de un mecanismo de acciones, que son ellos, lógicamente, los que conducen al espectador por un laberinto de suspenso y un desasosiego que no ceja hasta que se apaga la luz final.
Fiorillo es una directora que ya lo había demostrado, entre tantas otras piezas, en “El principio de Arquímedes” de Juan Mayorga, sabe dotar a sus actores de algo especial. Se diría que ante la vista del público sus personajes adquieren la virtud de convertirse en arquetipos de una sociedad en crisis. Ellos y no otros son los exponentes, los que “reemplazan” a ese ser anónimo y que forma parte de la sociedad y es víctima o victimario, depende del papel que le toque en suerte. Esto permite una rápida identificación del espectador con los que ocupan el centro del escenario.
Bajo este contexto, la dirección a través del diseño de la puesta en escena, convierte a la pieza no sólo en un original policial, también en un modelo nefasto de algo que no pareciera tener fin. Por eso hay un detalle a destacar en la puesta en escena, ambientada sólo con un rudimentario y esencial mobiliario, su ventana está mostrada como un material de utilería transportable, modificable, que puede estar frente al público, pero también a un costado, lo mismo ocurre con la puerta de entrada. Lo que equivale a decir que los espacios son mutables, trasladables, los que no se trasladan son las víctimas, es decir los individuos.
Porque acá todos son víctimas, por cobardía o valentía, por imbecilidad o por un machismo tan exacerbado como estúpido.

LOS ACTORES
El equipo actoral se dejó guiar por la dirección y aporta lo mejor de sí. Ernesto Claudio demuestra una vez más exquisitos y sutiles recursos para convertir a ese cerrajero en un ser tan acorralado como la víctima. Su máscara es perfecta, juega tontamente con el ex convicto, con el disimulo exacto del que esconde una carta importante que pondrá sobre la mesa cuando la ocasión lo requiera. Roberto Vallejos al que vimos en una estupenda interpretación en “Dignidad” es un actor de una sutil ductilidad y versatilidad, es un derroche de talento, que compone su papel con una plasticidad admirable, Esa extraña inquietud que exhibe a lo largo de la pieza, esconde un oscuro presentimiento, eso que no se puede expresar con palabras,
pero genera desconfianza. Casi al final aparece Silvina Bosco, la actriz que pareciera transitar por su mejor momento actoral, acá concreta una interpretación tan increíblemente talentosa como en “Uz, el pueblo” de Gabriel Calderón. En “Miembro del jurado”, Bosco se lanza sin red a un estado de locura, de abismo psicológico en el que no parece haber retorno. Sencillamente su cierre final resulta inquietante y deslumbrante a la vez.
“Miembro del jurado” es sinónimo de muy buen teatro, que no siempre abunda en la cartelera porteña, a no perdérsela.
Calificación: Muy buena
Juan Carlos Fontana
