El argentino, nacido en la ciudad de La Plata, Daniel Dalmaroni crea su propia “danza macabra”, en la que como en la pieza de Strindberg, dos personajes, dos hombres, desnudan las fibras más sutiles, dolorosas y terribles de la existencia humana. La obra es “Un instante sin Dios”, que puede verse los martes, a las 21, en Nün teatro, de José Ramírez de Velazco 419, Villa Crespo.

Un empresario y un cura
Acá no se trata de un matrimonio, como en la obra del autor sueco. Sino de un empresario y un cura de una parroquia de frontera. En ese encuentro que llevan a cabo en la cocina-comedor de la iglesia, los secretos se cocinan a fuego lento, como esa sopa que el primero prepara y condimenta dejando que el tiempo responda a los múltiples interrogantes que en el pasado dejó sus huellas marcadas en la vida de ambos protagonistas.
Este es un thriller sin policías, ni estridencias, pero el suspenso mantiene en vilo al espectador hasta el final, cuando se teje la venganza, cuando se revela una verdad tan atroz como inesperada, mientras se bebe la sangre de Cristo, en formato de un vino tan caro, como exquisito que esconde más de un secreto.
En el medio de esta contienda en la que ambos hombres se mueven como en un tablero de ajedrez, en cuyo piso del escenario se dibuja una cruz, los dos terminarán perdiendo. Pieza sin ganadores, pero que deja no sólo un sabor amargo en el espectador, lo obliga a repensar hechos y situaciones, que tienen como telón de fondo los años ´70, época de guerrillas, de muertos y asesinos sin
condenas, de traiciones y abusos, de crímenes sin juicios.
Perdón, Culpa y Celibato

“Un instante sin Dios”, habla del perdón, de la culpa, del celibato, de aquellos recuerdos que se prefieren olvidar y sepultar en un pasado, que se cree no volverá, sin embargo, el tiempo siempre parece tener respuestas para sacar a la luz, aquello que dejó marcadas tantas vidas, a lo largo de los tiempos de la humanidad.
Daniel Dalmaroni apuesta a una dirección en la que es la palabra, cómo se dicen, cómo se degustan, cómo se susurran, o cómo se expresan, las que conectan a ambos personajes. La excusa del encuentro es una donación que el empresario hará a la parroquia del cura para ayudar a sus feligreses, pero a medida que avanza esta tesis dramática, encendida y poéticamente bella y atroz, las voces que al comienzo parecían unirse hasta en un matiz de ternura y agradecimiento, se tornan graves, culposas, temerosas de ese presente que envuelve a ambos hombres en una irracional danza, como se dijo al comienzo, en la que no quedará nada por confesarse, teniendo al espectador como ese testigo privilegiado de un pecado expresado en voz alta, muy alta como para que no vuelva a repetirse.
Arturo Bonín como el sacerdote, parece inmerso en la telaraña de un entramado en el que su personaje se muestra tan verosímilmente convencido de sus intenciones que provoca vértigo. A su lado Nelson Rueda maneja la sutileza con la precisión de un estilete que va calculando paso a paso y midiendo las emociones que une a ambos, hasta encontrar el instante exacto de la confesión que viene a realizar.
Sutiles, convincentes, irracionales y hermanados en una culpa que puede despertar hasta rasgos de locura, Bonín y Rueda, son las dos valiosas piezas de este puzle de situaciones, que se tornan perfectas, exquisitas e inquietantes. A ellos dos se les agradece haber encontrado ese clima, esas atmósferas que no dan respiro al espectador hasta el final.
Calificación: Excelente
Juan Carlos Fontana
Ficha técnica:
“Un instante sin Dios”, escrita y dirigida por Daniel Dalmaroni. Intérpretes: Arturo Bonín, Nelson Rueda. Musicalización: Enrique Papatino. Funciones: martes, a las 21. Sala: Nün teatro, José Ramírez de Velasco 419. Duración: 70 minutos.