Para Paulo Brunetti ponerse en la piel de Federico García Lorca, es haber concretado el sueño del pibe. El actor ha dicho que hace un tiempo tenía ganas de escenificar al autor de “Romancero gitano”. El resultado de su interpretación es creativa, inteligente y valiosa y trae a escena el universo lorquiano, como escasas veces se ha logrado.
“Muchacho de luna” es el nombre ideal para esta propuesta teatral, que puede leerse como una travesía romántica, tan cálida y confesional que quizás da pudor, por momentos escuchar y estar atento a lo que dice el personaje del poeta en escena. Porque ese Lorca que el público tiene el privilegio de disfrutar gracias a la templanza y la inteligencia de Brunetti para meterse en la piel del escritor, se exhibe tan íntimo, como enamorado, triste o desdichado.

“El Lorca” que se apodera del escenario y cuyos textos ordenó el director Oscar Barney Finn, es un hombre que reflexiona sobre su
existencia, su instancia paradojal en este mundo, en el que sus palabras resplandecieron y se hicieron universales para conmocionar el corazón de sus admiradores y para envilecer a sus detractores.
Barney Finn que recientemente arrasó con los premios Ace por su puesta de “La reina de la belleza” de Martín McDonagh puede decirse que cinceló, pulió e hilvanó magistralmente los textos de Lorca y los volcó en ese otro Lorca personaje para llevarlo a escena. Junto a Brunetti emprendieron un viaje por instantes atemorizante, ante ese desasosiego que padece el escritor a raíz de esa sinceridad extrema que desnuda en ese cuadrilátero que es el escenario.
Brunetti igual que Barney Finn tiene una vasta carrera, el segundo más que el primero, lógicamente, pero ambos se han atrevido
a autores disímiles y difíciles -se los puede googlear para enterarse mejor-, pero con “Muchacho de luna”, los dos parecen haber llegado a un cenit. El vasto ámbito escénico de El portón de Sánchez se transforma a través de este trabajo en una caja mágica de penas e hidalguías, de fracasos y valentías que se han visto coronadas a veces con deseos cumplidos y otras dejaron sólo el sabor
amargo de la frustración.

En este espectáculo hay proyecciones de fondo que se van mimetizando con los estados internos del personaje, a medida que éste va desmenuzando los atavíos de una humanidad que heredó de esa, quizás dulce y asfixiante Granada, en Andalucía, su tierra natal, en la que nació en 1898. Ya sobre el final ante el acecho de la oscuridad de la razón de quienes gobernaron España, Federico se redime exhausto de deseos, de dolores y también de amores, muchos correspondidos otros olvidados.
Lo cierto es que sólo acompañado por una amplia mesa y cuatro sillas, y una muchacha de blanco –sutil y encantadora Sabrina Macchi- que recorre intermitentemente la escena, como acechando al protagonista, pues es la muerte, Brunetti actor se vanagloria de su ductilidad, de su plasticidad para decir esos textos, mediante una voz que susurra tanto como se exalta, crea climas y tan sólo con una torsión de su cuerpo, va cambiando de situaciones, de épocas, de contextos, como si de un libro de recuerdos se tratara. De este modo el espectador asombrado es testigo de esa sutileza con la Lorca parece dialogar con su padre, o de su humor y dulzura cuando se dirige a Dalí y Buñuel, él que apodó a Federico como El perro andaluz, título que le pondría luego a una película que definió una época.

En ese mimetizarse entre emociones y arrebatos, la simplicidad leve de un movimiento de brazos y cabeza, hace que a través del actor podamos visualizar a la atemorizante Bernarda Alba, todo un símbolo de la España de tiempos difíciles. O los amores de Doña Rosita, o escuchar las voces de Bodas de sangre, de Yerma, de ese Poeta en Nueva York, o de Mariana Pineda.
La performance gira y gira en un cálido y estremecedor vaivén, e hipnotiza y aunque el espectador conoce el final, sabe que esa voz fue cercenada por los carabineros sin piedad, ni remordimientos el 18 de agosto de 1936, escucha atento esos textos, esos poemas, algunos por primera vez, otros revisitados. Pero si la sangre derramada logró callar al hombre, no así las palabras que legó a todos los que quisieron leer sus versos, identificarse con sus personajes, o sonreír con sus letras, que los
más malintencionados a veces definieron de cursis, pero siempre han sido los más y lo siguen siendo los que continúan disfrutando de su poesía.
“Muchacho de luna” se ha representado con éxito en Chile y en Buenos Aires y cierra su ciclo mañana, ojalá vuelva en el 2020, para recordarnos que cuando un director y un actor se identifican con un creador, los espectáculos resultan un regocijo para el alma del que se sienta en la platea a observar, escuchar y disfrutar.
Calificación: Excelente
Juan Carlos Fontana
Ficha técnica:
“Muchacho de luna”, un espectáculo de Oscar Barney Finn, sobre textos de Federico García Lorca. Dirección e iluminación: Oscar Barney Finn. Intérpretes: Paulo Brunetti, Sabrina Macchi. Escenografía: Paula Molina. Audiovisual: Robert Díaz. Vestuario: Nicanor Bravo. Sala: El portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034. Funciones: domingo, a las 20.30. Duración: 60 minutos.