«La era del olvido», una valiosa alegoría sobre el poder

Dramaturgo, director, cineasta, profesor de historia, Francisco Estrada, estrenó La era del olvido, en la que su protagonista es un hombre tan narcisista y disruptivo, que, prácticamente, le resulta imposible conectarse o ver al o los otros/otras, más allá de su propia e irracional observación, casi siempre equívoca, destructiva.

El personaje que con tal nivel de excelencia interpreta Germán Rodríguez, podría decirse, hace trizas los espejos que lo observan, porque es tal el regocijo en su propia figura que, podría afirmarse, que no ve a los otros. Quiebra toda posibilidad de comunicación. En el instante que el espectador lo descubre, está inquieto, como una fiera enjaulada en una habitación y a la espera de una decisión.

No sé sabe si el sujeto en cuestión es un empresario, un político, un jefe de gobierno. Si se presume que tiene, o es dueño de un determinado poder sobre los otros. Es ese tipo de poder, de toma de decisiones incuestionables. El suyo es un mirarse hacia adentro. Se mueve a partir de frases hechas, de consejos que le vierten, casi no tiene opinión propia. Las más inmediatas están sujetas a lo que le indican las estadísticas y las redes sociales. Sí tiene un punto débil, no puede contar con la aceptación afectiva de su hija. Ese parece ser el único y más fértil dolor que lo afecta. El resto es un continúo transitar hacia un poder de destrucción que haga lo que haga no lo satisface, al contrario, subraya su iracundia.

Estrada, autor parece haberse inspirado en el Gregorio Samsa de La metamorfosis de Kafka, ese ser que se termina transformando en un bicho con el que es imposible comunicarse. Su estado de inquietud, su mirada que parece querer perforar sus ojos, cuando se irrita, no logra otra cosa que enardecerlo a él mismo. El resto lo observa impávido, en su danza disruptiva. Se viste, se desviste, se sienta, se para, hace extraños gestos, se acomoda el cabello, monologa, parece “hablar” con uno, con otro, todo lo hace a través de una constante de efectos, que provienen de un afuera, lo que da como resultado que pareciera hablar continuamente consigo mismo. Está acorralado, enceguecido, se seduce él mismo sin lograr arribar a un estado de conformidad. Algo que le resulta imposible, porque los arrebatos que pueblan su personalidad se lo impiden. Por momentos se sienta y observa. Luego se pone de pie y ensaya hablar a un auditorio a través de un micrófono, que lo ilumina; y es entonces, cuando descubrimos el costado más irracional, de ese monstruo que parece haberse arrancado una parte de su cabello, en un estado de locura.

La era del olvido, es un “rara avis” como performance teatral. Casi no hay elementos en escena, es sólo el intérprete y escasos objetos. Observar el extraño y paroxístico ritual que lleva adelante un actor de los quilates de Germán Rodríguez, con una ductilidad y una calidad rítmica que asombra, se vuelve agobiante: el personaje exige que sea así. Lo suyo es como una danza que parece quebrar sus movimientos y sus gestos a cada instante, como si el mismo protagonista intentara “despedazarse” él mismo, como un homenaje al extermino que desearía practicar en los otros. En síntesis éste es un excelente ejercicio de un teatro VIVO, eficaz, impactante e inolvidable, el que realizan Estrada-director-autor y Germán Rodríguez-intérprete. Ambos construyen una alegoría sobre el poder de electrizante magnetismo, por lo que resultan inolvidables de desprender de nuestras retinas sus imágenes hasta después de un rato de haber abandonado la sala. Sólo resta decirles gracias, por esta performance de eventualidades que hablan de los tiempos oscuros que nos toca vivir a los humanos.

Calificación: Muy bueno

Juan Carlos Fontana

 

Ficha técnica: La era del olvido. Autor y director: Francisco Estrada. Intérprete: Germán Rodríguez. Iluminación: Paula Fraga. Iluminación: Daniel Grilli. Diseño espacial: Ariel Vaccaro y Francisco Estrada. Colaboración artística: Mariana García Gerreiro. Sala: El camarín de las musas (Mario Bravo 980). Funciones: sábados 20.45.  Duración: 60 minutos.

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