En el Estudio Los Vidrios, del docente, actor y director Lisandro Rodríguez, de la calle Guardia Vieja 4257, los domingos, a las 20, puede verse una muy valorable propuesta de búsqueda de un equipo de actores, que se propusieron indagar en el contenido del encierro. El encierro visto desde distintas perspectivas, tanto personal-interior, como exterior-político-social, salpica y conmueve al espectador y le provoca una muy vital sensación de claustrofobia.
Esta inquietante performance teatral, se divide en dos segmentos: amor furia y languidez y sala de bombas.

ESPACIO BLANCO
En un espacio escénico íntegramente blanco -con varios elementos: sillas, mesitas, objetos y vestimenta del mismo color-, ubicado a lo largo de una amplia sala, los actores se sumergen a pleno en una minuciosa, contenida y eficaz impronta interpretativa que apela a lo estático.
Sólo mínimos y muy coreográficos movimientos dejan paso una emoción ahogada, asimétrica que cada performer experimenta a solas y sólo por instantes se comunica con otro. Aunque es tácita la idea de que todos, público e intérpretes, participan de un ritual de sutil claustrofobia, que no sólo mantiene expectante al que observa, también el que actúa, aún en sus silencios -en la primera parte- establece una marcada empatía con el público. 
TEXTO DESPLEGADO
En el segundo segmento, la intención de encierro se acentúa con mayor énfasis, dando lugar a situaciones que abiertamente aluden a un estado de represión y abuso de la autoridad. Actitudes que son expuestas mediante un entramado de secuencias en el que cada participante opera a su tiempo, como si fuera una pieza cronometrada que debe ser atravesada o intervenida en el momento justo no antes, ni después. Si se intentara darle una forma y
contenido a lo que sucede en esta parte del Díptico, podría decirse que refiere a una típica oficina con sus empleados, que bajo un estricto rigor deben hablar, o expresarse o incluso caerse de acuerdo a las indicaciones de un hombre de seguridad, u otros personajes. Los interrogantes que inquietan a estas criaturas algunos de traje y corbata, son tan disímiles como preguntarse sobre lo que sucede con los koalas, o la existencia de Dios. Lo interesante de lo que se dice no son quizás las palabras, sino la intención que esconde cada una de esas frases, el sentimiento que es capaz de desplegar cada actor al expresarlas mediante su acción en el espacio.

LA DIRECCION
Con dirección y textos de Carla Petrillo y Juanchi Rojas, coordinados por Lisandro Rodríguez, la performance de este grupo trae el recuerdo de uno de los trabajos emblemáticos que marcaron el teatro de los 60. Nos referimos a The Connection, una pieza de Jack Gelber, que fue puesta en escena por el Living Theatre de los Estados Unidos, cuyos creadores fueron Judith Malina y Julian Beck y refería al tema de la adicción a las drogas.
El tono de este “Díptico#1” resulta similar, no por imitación, sino en su intención de hacer reflejar desde el escenario la sensación de vulnerabilidad de la que es víctima aún hoy el individuo que habita en las grandes ciudades y la rigidez y control deshumanizado al que se ve sometido en muchos ámbitos laborales.

EFICAZ EQUIPO
Con marcada rigurosidad y compromiso, apelando a efectos como la luz blanca a pleno -un meritorio diseño lumínico de Matías Sendón-, que ejerce una particular sensación en el público, y un nivel de interpretaciones subrayable, es de esperar que este primer trabajo de este equipo de jóvenes actores presentado al público continúe evolucionando en su muy acertado y valorable nivel de investigación.
Es importante mencionar que las eficaces y muy acertadas actuaciones estuvieron a cargo de Juan Sebastián Cantarino, Juan Carlos Antón, Emilce Olguín Ramírez, Diego Centorane, Pablo Dos Santos, Milagros Menéndez Novali, Laura Rébora, Nahuel Martínez Cantó, Carla Petrillo y Juanchi Rojas.
Calificación: Muy buena
Juan Carlos Fontana
