Ser un buen narrador de cuentos es una virtud. Este es el caso de Pablo J. Mateu. Sus cuentos son un viaje de ida hacia lo impredecible y eso es lo valioso de su escritura. Una escritura que resuena en los oídos a través de sus palabras, con una musicalidad agradable. Tan agradable quizás, que hasta logra arrancar una sonrisa. ¿Por qué? Es simple. Por la gratificación de habernos hecho partícipes de una escritura pensada, hilvanada, sostenida e imaginada con el afán de llegar a una otra, o un otro. Leerlos es darse cuenta que el escritor tuvo y tiene muy presente al que está del otro lado, a ese ser anónimo que va a disfrutar o hacerse cómplice de esos mundos que creó. Su intención no es otra, que invitarte a disfrutar de una fantasía, una fábula, o a una travesía, también terrenal, pero con algo de insólito, de impredecible.

La narrativa de Mateu tiene la astucia de saber combinar palabras, frases muy bien hilvanadas. Y así una lleva a la otra, con el agradable y sostenido entusiasmo de quién quiere hacerte sentir que para él es muy gratificante escribir, imaginar historias para vos. El universo en el que el escritor parece desplazarse, cómodamente, tiene algo de todo a lo que se dedica: el teatro, la escritura de guiones, la filosofía, las finanzas. Tiene una novela escrita previamente a este volumen y sería bueno decir que en la narrativa, y al leerlo, se lo observa cómodo, como si fabular historias no le costara nada, le surgiera espontáneamente.
Quizás nos fuimos un poco por las ramas, lo cierto es que sus cuentos no son extensos, ni tampoco intelectualmente complejos. Al contrario, están tan bien elaborados, que no sólo se disfruta de su lenguaje, también de su impronta, de lo que propone la anécdota a desarrollar, o del asombro que despiertan algunos de sus personajes. Hay sutileza, hay ironía, hay algo de barroco en el correr de la escritura que, unido a la elección de ciertos nombres, que parecen aludir a títulos de nobleza, los que al unirlos con las criaturas elegidas y observar las circunstancias en que Pablo J. Mateu las ubica, sólo queda sentirse un poco atrapados por ellas, subyugados en su original arte de saber moverse por la vida, de tal o cual manera.

El prestigioso escritor Pablo De Santis sintetiza muy bien el contenido este volumen cuando dice que: “el primer cuento que leí de Pablo Mateu contaba la historia de un asesor financiero que se golpeaba la cabeza contra el teclado de su computadora, desatando, involuntariamente, una crisis financiera global. Esta historia sostiene uno de los modos de contar de Mateu: el sarcasmo, la ironía, el humor salvaje. “Frutos de mar” y “Torcuato, la promesa” comparten ese gusto por la exageración premeditada. Otros relatos apuestan por lo opuesto: la contención, el acento puesto en la mirada, la atención a los detalles. Así ocurre con “Cámaras”, “Norma”, “Castigo”, “Quince minutos”. Pero quizás estas dos líneas –la desmesura y la contención– no estén tan distantes. Las dos nos cuentan el vínculo entre lo pequeño y lo grande, entre las decisiones mínimas que tomamos en la vida y las grandes consecuencias, entre lo íntimo y la sociedad. Esa relación es clave en la concepción del relato que tiene Mateu: un puente entre los delirios privados y el delirio del mundo.
Hay autores que prefieren unir sus cuentos en torno a un rasgo común o un universo compartido. Otros, como Elvio Gandolfo, han defendido la variedad del libro de cuentos, como si fuera un cofre del que el autor saca objetos distintos, para sorpresa del lector. En el cofre que es este libro el lector encontrará objetos variados y a la vez con lazos entre sí, pero todos tienen la misma marca de agua: están trabajados con una prosa inspirada y una imaginación viva”.