Martín Marcou y su “Secreto en la montaña” ambientado en la Patagonia Argentina
“Si un perro no hace su “trabajo” de ayudar a arrear a las ovejas, no sirve, hay que matarlo”, palabras más, palabras menos, destaca el protagonista de “Hijo del campo”, que dice su padre. Y acota con una leve sonrisa irónica: “Si papá lo dice… por algo será ¿no?”.
En su pieza “Hijo del campo”, que también protagoniza y codirige con Leandro Martínez y presenta en su propio espacio Tole Tole (los sábados, a las 20.30, Pasteur 683, teléfono 3.972.4042), Martín Marcou habla de esa violencia ensañada que tiene como escenario el campo y que no demasiadas veces se habla de ella. Es algo que se mantiene más bien callado y que el teatro no la aborda demasiado, aunque sí la literatura de otra época y en autores como Esteban Echevarría, Eduardo Gutiérrez, José Hernández o Hilario Ascasubi. Precisamente de este último y su poema La Refalosa, hace alusión esta obra en la que Martín Marcou construye una tragedia campesina, a la que no le esquiva el humor o esa picaresca típicamente provinciana, en la que las palabras que se dicen, depende el tono con el que se expresen, adquieren otro significado no explícito, sólo es necesario estar atentos.
Acompañado en guitarra y canciones por Carolina Curei, Marcou asume el papel de un joven paisano, hijo menor de varios hermanos, con madre y padre que se dedican al cuidado y a carnear ovejas, de eso viven.
En la áspera Patagonia el convivir con la sangre de los animales que se matan es algo casi cotidiano, por lo que a veces, según como lo da a entender este texto, el hombre confunde que tanto el “mal” comportamiento de un animal, según el patrón, como el de un hombre, debe ser castigado con la muerte sin vueltas, ni discusiones.

INSTINTOS PRIMARIOS
El protagonista de esta pieza va desarrollando la historia de una familia campesina, que depositó en su persona no sólo el maltrato, también el desprecio por ser el hijo de una conducta más especial que el resto de los hermanos, al encerrarse con los peones al final de la jornada y dejar correr sus instintos sexuales sin más preámbulos, como una necesidad de algo que a veces en la soledad del campo, adquiere el valor de una necesidad primaria, pero de lo que no se habla, aunque todos lo saben.
El acto cometido por el hijo y uno de los peones pueden provocar el destierro del menor de los hermanos y eso parece no tener retorno, aunque el muchacho profese un profundo amor por sus padres y éstos le respondan con el desprecio y un maltrato que quizás podría llegar a peores circunstancias en un futuro.
LA PROPIA TIERRA
Marcou interpreta con una acentuada y traviesa picardía por instantes esos textos por él escritos, a la vez que les aporta un silencio conmovedor y desolador cuando es necesario. Toma mate, acomoda su pequeño catre y deja entre escena y escena que lo acompañen esas suaves melodías que hablan de su tierra, de esa Patagonia de la que es hijo, pero según como sea su “conducta” ante los otros, puede llegar a convertirse en un exiliado hasta de su pueblo natal.
De “Hijo del campo” asombra la excelente sencillez con la que es presentada, a la vez que conmueve con su contundente mensaje sobre una violencia típicamente argentina y discriminatoria, agresiva y solapada que se heredó para quedarse.
Sí Martin Marcou emociona con la interpretación de su relato extraído de un ambiente que le es conocido –nació en un pequeño pueblo de Santa Cruz-, también lo hace con el cuidado que le dedica a su sala, ambientada en la planta baja con fotos y láminas que aluden a ese campo, esa Patagonia misteriosa que en su pequeña sala, ubicada en el subsuelo, resplandece a través de sus palabras en todo su vigor dramático y trágico a la vez.
Calificación: Muy buena
Juan Carlos Fontana
