
No sabemos si Julián Marcove escribió su obra en pandemia. Observándola desde la platea nos trae la sensación que fue inspirada, o que coincide y refiere, tal vez, a esa circunstancia inédita, temible, que aún estamos experimentando. Eso en definitiva ya no importa. Porque lo cierto es que el joven actor, director y dramaturgo se animó a crear su propia Huis clos y cómo Sartre su pieza alude al existencialismo (Sartre estrenó A puerta cerrada, en el teatro Vieux Colombier, en 1944). A la existencia perturbada de dos hombres, Víctor y Héctor. Ambos tienen 33 años, señala su autor. La acción es cotidiana, posible y claramente identificable para el espectador urbano. Ambos suben al cubículo del ascensor del edificio en el que viven y el artefacto de pronto por un desperfecto, o por desperfectos –el título de la obra-, se detiene. La puerta, lógico, está cerrada. Y allí están Víctor y Héctor. El primero es más veterano en el edificio. El otro se acaba de mudar. El primero es el típico desconfiado, que conoce secretos y virtudes de vecinos y administradores que nunca cumplen con lo pactado. El otro es nuevo, es silencioso, temeroso, pero se hace escuchar cuando quiere. Del silencio desconfiado que surge en el inicio del encierro, se pasa al diálogo con un humor zumbón, algo negro y de allí ambos personajes ascienden hacia los infiernos del terror al anhelar que la máquina vuelva a funcionar y la puerta se abra. Para que eso suceda habrá que esperar. Mientras cada protagonista se moverá de un lado a otro, intentando no rozarse en el pequeño espacio espejado. Se mirarán con disimulo, se estudiarán, se seducirán ¿por qué, no?. Se sentirán atraídos ¿por qué, no?. Pero aunque no lo hablen y se dispersen en enojos simulados, o intenten soñar despiertos programando ideas para cuando la puerta se abra y finalmente salgan a la cotidianidad del pasillo de los departamentos, lo que ambos descubren en el ascensor es que están acompañados. Eso los modifica, los hace enfrentarse a los por qué de sus soledades y descubren que les gustaría estar acompañados.
Julián Marcove crea su propio Esperando a Godot, ya que su obra como aquella también se desliza como en patineta por un humor absurdo, que despierta risas por las tonterías que estos personajes hacen. Cualquiera de nosotros haría lo mismo que ellos, o tal vez gritaría (Víctor y Héctor también lo hacen) intentando encontrar un Salvador, esperando a ese Godot con el que Samuel Beckett intentó sugerir tantas cosas. Pero el Godot de Víctor y Héctor es más terrenal y más simple, sólo necesitan que la puerta se abra. Claro que cuando eso suceda el sueño habrá terminado y tal vez las personas en la platea se pregunten si ellos quieren que ese sueño de sentirse acompañados por accidente se termine. Lo cierto es que ambos saldrán, tal vez, transformados. Aunque del encierro no se sale fácil y sin consecuencias.

Algunas palabras que inspiraron a Julián Marcove para su obra vale mencionarlas: detenimiento, pausa inesperada, aislamiento fortuito, paralización, introvertidos y solitarios vecinos, mil maneras para salir del encierro, las cosas suceden. En todas estas palabras Marcove sintetiza su gran creación. Porque sí, la suya es una creación inteligente, desopilante, magníficamente, excelentemente estructurada, imaginada, pensada. Porque ese viaje en ascensor para este dúo no es otra cosa que un viaje por ellos mismos, un viaje de reconocimiento, de mirarse en el espejo que también lo hacen de sus propias vidas y ver algo que no les gusta o quizás sí; y por eso buscan otrx para compartir, comunicarse, aliarse, confundirse, relacionarse. En síntesis esta obra que habla de un principio, de que el hombre es un ser social y quizás no sirva para estar solo –y también podría decirse que refiere al génesis bíblico-, está excelentemente dirigida por el autor y excelentemente actuada por Fernando De Rosa y Federico Ottone. Cada uno es lo que le falta al otro. Cada uno son la mitad de algo que se completa con el otro, a tal punto que uno podría decir que la obra refiere a los aciertos y virtudes de un único individuo. Sólo que al haber dos en escena hacen referencia a un encuentro inesperado con los límites y los miedos, la valentía de ser y hacer, que cada uno descubre en ese encierro.
Marcove director crea en un espacio tan pequeño como el cubículo de un ascensor, una sensación tan cotidiana como llena de significados. Porque ese cubículo a medida que avanza la historia, por decirlo así, se “amplía, se extiende” para dar paso a las emociones y hace que estos personajes se animen a más en el decir, en el comunicar lo que les pasa y se pierdan en una sugestiva gama de sentimientos. A eso se les suman sonidos chirriantes, abstractos, que resumen quizás el torbellino interior por el que atraviesan esos dos desconocidos que se ven obligados a estar juntos por un tiempo, sin haberlo previsto. La vida te sorprende a veces para bien, aunque despierte el más extraño de los desconciertos. Lo que sí no desconcierta es esta pequeña y certera obra teatral tan lúcida, inteligente, significativa y tan poco pretenciosa en el mejor de los sentidos, con la que Julián Marcove y sus dos talentosos intérpretes, Fernando De Rosa y Federico Ottone sorprenden, entretienen y hacen reír al espectador. Por lo que sólo queda decirles Gracias!
Juan Carlos Fontana
Calificación: Excelente
DESPERFECTOS. Autor y director: Julián Marcove. Intérpretes: Fernando De Rosa, Federico Ottone. Escenografía e iluminación: Félix Padrón. Vestuario: Emiliana de Cristofaro. Diseño sonoro: Facundo Rissotti. Fotografía: Nacho Lunadei. Sala: Nün Teatro Bar (Juan Ramírez de Velasco 419). Funciones: miércoles, a las 21. Entradas: $700, se pueden adquirir en Alternativa Teatral. Duración: 60 minutos.
