“Mátate amor”: con una Erica Rivas, rara, como encendida e inigualable actriz, en una refinada y exquisita puesta de Marilú Marini

Entre Medea e Ifigenia, la protagonista del texto de Ariana Harwicz “Mátate amor” (el libro se publicó en 2012 y fue adaptado para el teatro por la autora, Rivas y Marini) es una mujer desmesurada, que grita sin tapujos lo que piensa y lo hace sin filtros, sin pensar en el que dirán y obviando las buenas maneras. O aquellas culturalmente aceptadas.

La protagonista del texto de Harwicz se descorre frenéticamente de la imagen de esa mujer conservadoramente aceptada, educada, refinada y poco adicta a los gestos que hasta ahora parecían ser sólo patrimonio de los hombres. Ella es una madre y esposa que desde las entrañas pega un grito ensordecedor y “escupe”, sí esa es la palabra, lo que su cuerpo, ese mismo cuerpo con el parió un hijo y ahora reniega de él, aunque lo ama, palabras, que, en apariencia, no han sido hasta ahora las `apropiadas` del vocabulario de una mujer.  Decimos hasta ahora porque, precisamente, en esta bienvenida hora en que las mujeres llevan adelante con pancartas su revolución liberadora, la intérprete de esta historia, deja librada su imaginación a un discurso que reniega de sus labores culturalmente aceptadas y abre interrogantes, que, aunque no los expresa así, podrían remitir a algunas preguntas: ¿por qué una mujer debe aceptar al hombre en matrimonio, por qué más tarde no puede aburrirse de su marido, de tener un hijo y luego decir que se arrepintió de ese hecho, como de tener que aceptar la sonrisa fácil para recibir a su compañero y no expresar a los cuatro vientos, que por instantes desearía matarlo, o asesinar a su querido bebé?

UNA LLAMA QUE ARDE EN ESCENA

Foto LA NACION, Daniel Jayo

Rivas se “enciende” es toda una llama que arde en escena, se vuelve expansiva, perturbada, inquietante, malhablada, no esconde nada. Ni siquiera una constante necesidad del personaje de masturbarse, porque como ella dice “gozo más de hablar de sexo que tener sexo”. Pero esto es tan sólo una de las frases que tira a la platea como un escupitajo de los varios que va a apuntar al blanco certeramente a lo largo de la noche y durante la casi hora y media que dura el espectáculo.

En una ambientación poco habitual para el teatro, una especie de bosque fantasmal, frondoso, que es mostrado a través de una gran proyección en el fondo que se va modificando de acuerdo a las circunstancias, sumado a un piso de ramas secas, pasto viejo y algunos objetos, la actriz va revelando ya no lo que piensa, sino lo que su cuerpo siente y está dispuesta a no callar esa necesidad que como un volcán pareciera ahogarla. A lo largo de toda la pieza, la protagonista, se verá casi asfixiada por las circunstancias básicas de tener un marido, una casa con bosque, un hijo y un perro. A la vez que pone en primer plano la escondida rebeldía de una dócil ama de casa y “se atreve” a no querer secar el agua derramada en la mesa, o un vaso
roto, ante la mirada atónica de su marido, según lo describe.

TRAVESIA PERTURBADORA

Foto LA NACION, Daniel Jayo

El papel que asume la excelente actriz de “Relatos salvajes, La luz incidente, La Cordillera” parece rozar la locura y esa mujer puede bien ser una ninfómana o tantas cosas más. Como enamorarse de un vecino motoquero, o un ciervo, al que desea porque es algo desconocido, salvaje, impredecible. Porque esa madre y esposa que `tira` Ariana Harwicz al escenario es capaz de emitir, por expresarlo de algún modo, el sonido de un lobo hambriento que intenta saciar sus deseos más primarios de la peor o mejor manera y dice lo que piensa, nada esconde ante la mirada atónica del espectador que escucha.

“Mátame amor” es una travesía perturbadora, necesaria, fascinante sobre una mujer que se anima a decir lo impensado para una voz femenina. Porque según las convenciones culturales aceptadas ¿Cómo una mujer va a renegar de ser madre, o va a odiar a su marido por tener que hacer el amor con él, o por qué no puede desear a un ciervo o querer perderse en el bosque ya no como Caperucita, sino como un humano hambriento de algo desconocido, violento tal vez, pero necesario? Precisamente de algunos deseos primarios habla este texto, extenso, inquietante que va y viene y por momentos parece trabarse en su recorrido, o simula desvanecerse, o el susurro se convierte en un sonido intangible, a la vez que el aullar de un perro herido, cuyo sonido Rivas emite a la perfección, despierta la más absoluta admiración y sorpresa.

TEXTO INQUIETANTE

“Mátate amor” es un texto que inquieta y deja, tal vez, un gesto constante de asombro en el espectador, o de estupor contenido. Y si la historia de esa protagonista imaginada por Ariana Harwicz resulta apabullante en su descarada obsecuencia para contar aquello que le puede ocurrir a una mujer por dentro y pocas se atreven a expresar, la interpretación de Erica Rivas que, otra vez, vuelve a elegir un personaje al límite de su humanidad, es definitivamente avasallante y asombrosa.

La valiosa dirección de Marilú Marini fue guiar a la intérprete por el terreno sinuoso de una pieza que se atreve al más absoluto “sincericidio” creativo. Lo cierto es que un equipo, en su mayoría de mujeres, Rivas, Marini, Harwicz, Diana Szeinblum, Mónica Toschi, Coca Oderigo, lo han logrado.

Calificación: Muy buena

Juan Carlos Fontana

Ficha técnica:
“Mátate amor”. Autor: Arian Harwicz. Adaptación teatral: Ariana Harwicz, Erica Rivas y Marilú Mairni. Diseño de movimiento: Diana Szeinblum. Voz del amante: Rodolfo de Souza. Vestuario: Mónica Toschi. Escenografía: Coca Oderigo. Luces: Iván Gierasinchuk. Video escénico: Maxi Vecco. Sala: Santos 4040 (Santos Dumont 4040, barrio de Chacarita). Funciones: Viernes y sábados, a las 20.

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